Cada cuatro años, como los años bisiestos, muchos argentinos nos quejamos de la falta de una política estatal en materia de deportes: siempre hay un atleta o nadador que ofende nuestro olímpico exitismo llegando a la meta en las últimas posiciones, generalmente durante las instancias clasificatorias. Después solemos olvidarnos, y si alguien nos invitara a mirar la final del campeonato mundial de salto con garrocha, seguramente le responderíamos que tenemos cosas mucho más interesantes para hacer, como mirar la repetición de Atlético Tucumán vs Chacarita, con comentarios de Luli Salazar y Pancho Ibáñez, o analizar los 100 mejores goles del murciélago Graziani.
La creación del ENARD (Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo), que será financiado a partir de un impuesto al 1% del bruto de las facturas de celulares, pondrá a disposición de los deportistas amateurs 200 millones de pesos para poder acceder, entre otras cosas, a medicina prepaga, entrenamiento y becas. De esta forma, se rompe con la lógica ineficiente de los mecenazgos, que suponen que las empresas privadas van a “sponsorear” deportistas a cambio de exenciones impositivas. Lo que ocurre es obvio: aquellos deportistas o actividades que son más rentables o que venden más, son las que atraen a Visa, a Loma Negra o a YPF, pero aquellas cuyo desarrollo es embrionario o no cuentan con referentes fuertes, no alcanzan la debida financiación. Una vez más, es el estado el que asume la responsabilidad en el desarrollo equitativo de actividades, en este caso deportes.
Parafraseando a Arnaldo Pérez Manija, ahora habrá un montón de vagos que se la pasarán pelotudeando con la jabalina o chapoteando en la pileta con plata del estado. Semejante situación sólo puede ser justificada si en las olimpiadas cariocas de 2016 logramos superar en el medallero a los locales y a todos los países serios del continente, a los que convidaremos con libaciones peneanas, al mejor estilo maradoneano.
Se impone diagramar y construir rápidamente un suplemento especial con una reseña de su vida y un obituario elegante, engrandecedor, lleno de nostalgia. Con celeridad, buscar en las siguientes carpetas: “necrológicas”, “lugares comunes”, “golpes al corazón”, “palabras de homenaje”. Calienten rotativas que ya salimos con la bomba, antes que nadie, en exclusiva, primicia absoluta. Llamen a los especialistas en fibras sensibles, en lacrimógenas columnas, en epitafios demoledores. Urge: junten cuatro anécdotas, 20 fotos (que no falten las bombachas), una advertencia para fumadores, una breve descripción –entendible antes que precisa, que no la escriba un médico- acerca del EPOC. Ya mismo: el Elvis criollo, Roberto Sánchez ¿Era de Banfield, no? No se, pero nació, vivió y murió, sobre todo, murió en Banfield, así que algo relativo a Banfield que va puntero, al que no verá campeón, que injusticia.
-Pero Sandro no murió
- Pero está ahí, mamerto ¿Qué esperás? ¿Qué nos ganen de mano? Hay que tenerlo listo, diagramado, que ya está más cerca del arpa que de una guitarra para poder cantar.
Todo ocurre como está mandado. El suplemento está listo y en la gatera, esperando su oportunísima publicación anticipatoria. Antes del último estertor, antes de que el electrocardiograma marque una línea plana. Y en la dulce espera de la primicia y en la triste espera del inexorable deceso, algún empleado -muy boludo o muy caliente con la patronal- manda el suplemento al ciber espacio. Ya no hay tiempo: en menos que canta un gallo, alguien ya lo recogió y es noticia: Clarín mató a Sandro, él mismo que, por otro lado –o por el mismo-“evoluciona favorablemente y está estable, aunque delicado”.
Tengo un amigo periodista. En este país todos tenemos al menos un amigo periodista. Conversaba con él y me explicaba que la práctica es común y rutinaria. Todos los que están tecleando ya tienen su página de necro-homenaje lista para imprimir. Periodismo de anticipación: más tarde o más temprano, Sandro – que es un hombre y, como todos los hombres, mortal- morirá. Eso no me sorprende. Lo que me hace ruido es la hipocresía: seguramente, si Sandro hubiese muerto, muchas personas hubieran llorado su deceso al ritmo nostalgioso e impostado propiciado por el monopolio: música que se elevaría al más alto cielo de los clásicos, grandezas y costados heroícos, épica pura, genio y figura, anécdotas recontra repetidas, las nenas, la Olga (paradigma de la fidelidad y el cornudismo abnegado), Tengo, Rosa, Trigal. Todos los canales en cadena llorando lágrimas de cocodrilo, corriendo atrás de la noticia, buscando el mejor ángulo fotográfico del fiambre. Explotando el último gran éxito de Sandro: su muerte dolorosa.
¿Cuál es el límite para la hipocresía? ¿Hasta donde pueden estar tan disociados los intereses comerciales acuciantes de los medios de comunicación y la pobre gente ingenua que sigue viviendo sus pobres días según se lo proponen aquellos?
Una posibilidad: Sandro ha muerto, dice Clarín. La negativa de Sandro, quien se empeña en respirar, no basta. Canal 13 y TN repiten a coro, también Mitre: Sandro ha muerto. 30 puntos de rating. América levanta la noticia: Habría muerto Sandro, pero no hay certezas. Esperan. 4 puntos de rating. Entonces no hay que ser menos:Sandro murió en la operación, dice América, y levanta el rating. Crónica no puede ser menos Sandro: zafó de la operación, despertó, pidió un pucho y se murió. Placa colorada: Sandro: “con estos pulmones nuevos tengo para 40 años más de pucho”. Ya no hay dudas: Sandro murió. Quienes lo niegan pierden audiencia. Sandro intenta quejarse, pero ya está muerto. Ni las nenas desconfían.
Otra posibilidad: Clarín saca un suplemento que dice que Sandro ha muerto, pero luego se comprueba que no es así. Polino lo menciona, pero pronto calla. Nadie más lo levanta. La corporación cierra filas y se muestra indulgente con la barbaridad perpetrada por el avariento Gran Diario. A cualquiera le podría haber pasado, algún infiltrado K en la redacción. Nadie lo repite, nadie lo desmiente: nunca pasó. El suplemento que circula en pdf pasará por apócrifo, una operación de desprestigio, otro ataque contra la prensa libre. Sandro no murió ¡Nadie dijo eso! Asunto olvidado por la corporación mediática: nunca pasó
Otra: Se necesita saber que prefiere la gente. Se hace una encuesta: ¿Compraría el diario si este trae un suplemento especial acerca de Sandro? Opciones: No/ Si, solo si Sandro muriera/ Si, solo si Sandro siguiera vivo/ NsNc. En función de los resultados, se decide si Sandro es o no fiambre.
Otra: Se colocan ambos suplementos on line: el homenaje al Sandro muerto y el homenaje al Sandro vivo. Uno es un sobrio informe lleno de dolor y respeto, el otro un canto a la vida y a la esperanza. Si quiere Sandro vivo, clickee acá. Si quiere Sandro muerto, clickee acá.
Repito la pregunta: ¿Hasta que punto sirve toda esta pantomima seudo periodística a la que lo único que la moviliza es su afán comercial desbocado?
Una última, la pesadilla recurrente de los paranoicos: Clarín dice que el país es un caos. Caos de tránsito, de balas, de hambre, de paro, de desocupación, de autoritarismo, de corrupción, de peronismo. La fórmula funciona y se repite todos los días. Se que es un caso hipotético, pero imaginemos. En eso nos enteramos que la presidenta, reconociendo su fracaso rotundo, ha decidido dar un paso al costado. Es más, por la tarde nos informan que ha pedido ser juzgada y recluida en Martín García. Más tarde en Ushuaia. Un poco más tarde, total normalidad: se anticipan las elecciones y la presidenta dice que, si pudiera votar, votaría por su vicepresidente.Pero no, esto es muy paranoico. Al fin y al cabo, Sandro respira (con dificultad).
Por favor: si alguien puede confirmarme que esta tapa efectivamente fue publicada en el suplemento digital de Clarín. No termino de creer que puedan ser tan canallas para tener la tapa lista antes de tener el muerto, y que tengan la hipocresía de hablar de recuerdos sentidos y homenajes.
Update: tenemos la primicia de que Sandro estaría vivo. Y de que la tapa sería veraz, o sea no apócrifa. Los jovenes Chacarienses dicen tener la posta de boca del gran Marcelo Polino. Así es Clarín: ¿Ya tendrá la tapa de la caída de Cristina?
Camaño se va del bloque del FPV. Sin embargo ni Clarín ni La Nazión ni los diarios menores tienen demasiado que objetar por este borocotazo. Confieso que no me entristece en espíritu la fuga de este espécimen que, como tantos, afea bastante el redil propio, pero lo cierto es que marca un hecho matemático de debilitamiento parlamentario que en el futuro fortalecerá (o podría fortalecer) al peronismo disidente. Sin embargo, un día antes de irse ofuscada y digna como una yegua pura sangre, Camaño vota la ley de reforma política, que no venía tan fácil para el bloque oficial.
Lo que me parece grosero es la argumentación final. Se que es una obviedad, que todos deben haber pensado lo mismo: que Camaño se vaya del bloque kirchnerista porque no quiere compartir la bancada con un tipo involucrado en denuncias de corrupción, cuando está casada con Luis Barrionuevo, el mismo que reconoció su afición por lo ajeno y lo público, y al que si algo le han sobrado a lo largo de su vida son escándalos políticos y de corrupción, es demasiado. Es como que Rico te de vuelta la cara porque sos un autoritario, o De la Rúa te pegue un cartelito en la espalda que diga “pegame” y se cague de risa de lo boludo que sos.
Tomar como interlocutores, para la discusión de un tema importante como es la violencia social, a Mirtha Legrand, Susana Giménez o Marcelo Tinelli, es canalizar erróneamente nuestros argumentos y nuestra fuerza discursiva. Es como discutir el Universo Borgeano con Belén Francese o la teoría de la evolución con Lita de Lazzari. En todo caso, lo único que queda por decir es que son “un concierto de pelotudos que no saben lo que dicen pero lo dicen y le hacen el juego a la derecha (y) al gorilaje”. Y nada más, pues el resto equivale a ponerlos en un plano de honestos contendientes en la discusión, cuando en realidad son apenas elementos reactivos y brutales, meramente guiados por su codicia material, su egolatría infinita y sus temores de ricos encerrados en sus torres de cristal. El “problema de la inseguridad” se resuelve como todos: principiando por un diagnóstico. La única verdad es la realidad, y se tendrá que reconocer que la violencia creció exponencialmente mientras se arruinaban los indicadores sociales del país(1). Luego, habrá que dar la discusión más cruda, la que ninguna clase media y alta quiere escuchar: en un país con niveles de escandalosa diferencia entre los que más tienen y los que menos tienen, la violencia es inevitable. Es hija de la asimetría grosera y excluyente. Con eso empezamos el diagnóstico: faltará agregar algunos otros condimentos (falopa, alcohol, armas, falta de trabajo, etc.) y tenemos la etiología. Y en función de eso definamos el tratamiento. Si logramos ganar consenso e imponer, por medio de la discusión, la idea de que la injusticia social y la exclusión es la causa de la violencia, no quedará mucho margen para que algún pelotudo o un concierto de ellos puedan proponer -sin riesgo de demostrar que son una manga de hijos de puta o, al menos, unos incoherentes- que la solución son las balas y la baja de la edad de imputabilidad.
1 Entonces, el concierto de pelotudos le ofrendaba abrazos, apoyo y hasta odaliscas a Ménem
Mientras los policías más premiados, galardonados, reconocidos, eficientes, modernos y discretos de la Argentina terminan procesados por tener una carpeta en el escritorio de la computadora que se llama "Info gente espiada", Mauricio decide viajar a España y contactar al detective "Torrente", a ver si los oficiales del primer mundo pueden hacer aprietes y espionaje en forma más discreta. "Con el Fino, Ciro James y Chamorro tenemos en común no sólo el espíritu fascista, si no el hecho de ser bastante pelotudos"- dijo Mauricio, quien agregó: "Seguramente España tendrá algún policía franquista desocupado para prestarle la Ciudad"
Hay dos versiones distintas pero con un denominador común acerca de la llegada de los gorriones a nuestro país: unos acusan a Sarmiento, quien aparentemente se enamoró de estos simpáticos pajaritos parisinos y los juzgó mucho más approprié a la vie urbaine et moderne que los brutales chingolos o los bárbaros zorzales. Otros dicen que fue el cervecero alemán Thomas Bieckert, que nostálgico del aburrido y monosilábico trino de estos pajaritos Alsacianos, los hizo importar en jaulas junto con las máquinas para elaborar cerveza. Probablemente los dos hayan traído gorriones, probablemente de Paris y de Alsacia; los pájaros se entendieron a la perfección porque en aquel tiempo Alsacia era territorio francés. El denominador común es el desprecio que ambos tenían por lo autóctono y lo originario. El pajarito inmigrante se extendió como la peste: hoy no hay prácticamente ningún lugar del país que no los cuente como su ave más abundante (junto con la Paloma, que también es Europea). Es probable que mi abuelo, antes de llegar a la Argentina proveniente de España, ya conociera los gorriones (niego terminantemente que haya sido él el responsable de su introducción en el país). Lo que no conocía mi abuelo, haya por el año 1950 (del Libertador) en el que decidió dejar la miseria de posguerra española y franquismo, eran las obras sociales, los días de descanso, el sábado inglés, y los chalecitos populares que se construían de a miles por decisión de Perón y Mercante. En menos de dos años de estadía en Argentina, mi abuelo se hizo propietario de un chalecito californiano bien peronista, el cual fue pagando en cómodas cuotas hasta que la devaluación hizo que terminara pagando en chauchas y palitos. Los años pasaron y mi abuelo disfrutó y sufrió las cosas buenas y malas que pasaron en este país desde 1950 hasta acá. Entre las cosas que todavía disfruta a sus 88 años, está su patio, con frutales y gramilla, donde los pájaros bajan -o bajaban- a comer y a tomar agua. Mi abuelo ya casi no anda por ahí y su contacto con el mundo exterior se limita a la tele, el diario, la radio y el patio. En ese patio de 10 x 15, mi abuelo construye su visión del mundo: si allí no llueve, el mundo está en sequía, pero si llueve, el alivio es universal. Si allí hay gorriones, el mundo sigue su curso. Pero lo terrible es que allí ya no hay gorriones, por lo que mi abuelo concluye que “el gorrión es una especie en peligro de extinción”. Así de simple: en vano le explico que por todos lados está lleno de gorriones, que abundan, que sobran, que no puedo entender ni explicarle que no bajen a comer a su patio, pero que en la calle está lleno. En vano. Sus evidencias son irrefutables: ese es su mundo, y en su mundo el desastroso declinar de la biodiversidad en el planeta se expresa por la ausencia sintomática de gorriones, que revela el Apocalipsis de la especie. Cuando cae la noche, mi abuelo se mete adentro y prende la tele. Y a la mañana lee el diario, que le cuenta lo que su patio no: el país es un caos, un desastre; los gorriones son afortunados al extinguirse antes de que esto estalle en mil pedazos. En vano le cuento que no lo veo tan así, y que si él anduviera un poco se daría cuenta de que las cosas andan tal vez un poco mejor que otras veces cuando él era más joven. Pero no puedo: el tiene su ventanita al mundo y con eso le basta. Un patio para conocer el estado de la naturaleza en el Universo, un diario y una tele para saber lo que pasa en la calle. Y un diario que le dice y le repite o le sugiere que Perón era malo. Aunque le haya dado casa y trabajo a miles de criollos o gallegos como él que andaban con una mano atrás y otra adelante. A veces pienso que me tengo que callar, que no tengo que pelear más, que mejor sería rendirse a esta marea de pesimismo que tanta gente propaga. Qué tal vez yo esté ciego y el país sea efectivamente un desastre, que este sea el peor gobierno de la historia y que la cantidad de cosas que yo festejo de la gestión K sean mentira. Pero cuando ando en esos pensamientos, escucho el canto amargo y europeo de los gorriones, el chip-chip repetido que me dice que, más allá de lo que diga la tele o el diario o los patiecitos, la única verdad sigue siendo la realidad.