Debe ser un ejercicio penoso hurgar en el arcón de prejuicios tan pesados buscando una explicación más o menos elegante con la cual pasar este oprobio de la hora aciaga. Así vemos a candidatos y a periodistas de rostro braguetiforme, ora apelando a la perogrullada, ora apoyándose en la monolítica solidez de la matemática del voto y bajando la cabeza -con menos humildad que vergüenza- mientras esperan que pase el huracán de la derrota y terminen los tiempos de la ultrajante autocrítica. Como el perro que gira en círculo venteando los vahos de su propio botón, algunos todavía quieren creer que los resultados electorales del domingo pueden explicarse por el desatino de la tropa opositora, que habría actuado sin concierto ni dirección, desperdiciando sus ricas fuerzas batallando en el campo equivocado contra molinos de viento disfrazados de gigantes. Aquí hay una adicción autorreferencial insoportable: muchos de los varios que fueron categóricamente ignorados por el electorado se adivinan como ganadores de un supuesto certamen del “voto castigo”.Curiosa elección que habrían ganado: la del no voto. Interpretan peregrinamente un jeroglífico que les señala la urgencia de nuevas caminos: “no fuimos claros, nos falló el mensaje, no supimos llegar al electorado” ¿Y si fuese al revés? ¿No será que llegaron demasiado claramente, desde las horas incontables de radio y TV y los titulares afilados que les dedicó generosamente la gran prensa? ¿No será que les faltó no repetir hasta el hartazgo formas y fórmulas harto conocidas y rápidamente asociables a un pasado de vehementes fracasos? El desfile de los derrotados que imploran clemencia a los pies del patíbulo mediático es un espectáculo de la degradación y la indignidad. No se puede escuchar sin conmoverse a De Narváez diciendo que “muchas cosas de este gobierno están bien”, cuando no se lo escuchó dar apoyo a ninguna y cuando su sola actitud política en estos últimos años se ha limitado a la elaboración de slogans, sonrisas gardelianas e impostaciones gestuales en vista de triunfos electorales que pusieran fin al ciclo kirchnerista. No se puede leer la tapa de Clarín hablando de la “transversalidad policlasista” del voto a Cristina cuando llevan años intentando amalgamar en un mismo discurso el circo conmocionante e hipócrita de la exhibición morbosa de la pobreza y la indigencia con la erección de las banderas de una oligarquía asfixiada por la tiránica mazorca fiscal. Algo han hecho; todo, menos no ser claros. Sin embargo, con eso no alcanza ni para empezar a entender porque Cristina tiene más votos que todos los opositores juntos.
Va de suyo que un mandatario que recibe como espaldarazo el voto de uno de cada dos electores nacionales tiene que haber producido algún hecho saludable a la existencia de esas mayorías. Hay que ser rematadamente idiota para no verlo. Ya que la abundante factoría de tilingos nos ha obsequiado tantos enamorados y repetidores de la frase de Clinton (it’s the economy, stupid), podríamos buscarle una adaptación vernácula aplicable a nuestra coyuntura: “Es el gobierno, boludos”. Es el gobierno el que recibe los laudos por sostener un ciclo de crecimiento económico de duración y envergadura sin antecedentes en la historia, el que ha llevado la desocupación a menos de un dígito, el que ha reducido la deuda externa a menos de la mitad del PBI, el que lleva adelante políticas expansivas del mercado interno, el que reduce la pobreza y la indigencia con fondos que recuperó de grandes pulpos financieros especuladores, el que ha generado esta atmósfera de estabilidad y esperanza, de futuro aromado de sueños. Después está lo otro: la mística del militante, la cruzada cultural, el retorno de la política a la mesa del domingo, el fin de la impunidad genocida, la lucha contra la “corpo” y los monopolios. Pero esas son –en términos electorales- delicatessen para minorías, por mucho que nos pese. Necesario pero no suficiente; sazona pero no llena, salvo para los que ya tenemos la panza llena.
Por último, no está de más detenerse en ese terreno de barbarie intelectual rediviva y fulgurante que ha emergido en los últimos días. A falta del tal “voto agazapado” que anunciara Duhalde, aparece una suerte de idiotología brutal, expulsada como en un exorcismo por un sector minoritario pero bullanguero, imbécil pero soberbio, siempre desbocado y desmesurado, que vuelve a exponer epidérmicamente sus prejuicios, odios, desprecios, racismos y terrores de una manera monstruosa. Aparecen como eslabones perdidos entre el analfabetismo político y la hijaputez llana y lisa, Duhalde recordándonos las horas en las que bailábamos en la cubierta del Titánic en el año 98, como si él no hubiese sido parte de la tripulación, o Biolcatti hablando de un “voto plasma”, que viene a ser aquello en lo que la gente gasta la plata cuando ya se compró la licuadora. Al margen de lo mucho que hay que revisar en estos discursos patéticos acantonados en la conciencia de tanto seudoprogre, se descubre el desprecio categórico que suelen tener las elites (del signo ideológico que sean, ver Fito Paez y su asco) ante la consumación de la voluntad popular, cuando esa voluntad popular se caga en sus predicciones, valores y arquetipos. La exteriorización de la impotencia ante la realidad se sublima bajo la forma de frases que convocan a la “parte bien” de la sociedad: “Yo pertenezco al 50 % de los Argentinos que bancan a los vagos”, dice un tipo que no generó ni pizca de riqueza en toda su vida y que cobró siempre por ventanilla sin preguntarse de donde diablos venía su sueldo pero siempre presto a reclamar por el tajo impositivo que se le hacía; “quedan embarazadas para cobrar un plan”, grita una gorda que se la pasa sentada frente a la tele mientras su marido trabaja para comprarle el silencio. Exteriorizaciones de almas inmundas, ante las que se necesita demasiada indulgencia o mucha complicidad para no decirles en la cara que son unos imbéciles y que en buena hora la tienen adentro por cuatro años más.
Cristina ha ganado y repetirá en Octubre: seguiremos teniendo una inversión record en educación, disfrutando los avances del sistema de investigación y desarrollo, produciendo autos, aviones, vagones y trenes, cambiando nuestras “ventajas naturales comparativas” del sector primario al secundario. Ganando en soberanía, independencia, grandeza y espíritu americano. Algunos no lo quieren mirar, otros no lo pueden entender, y al margen de cierta furia y destemplanza por la cual me excuso, más vale ser comprensivo y compadecerse. Pobres los que tengan el alma tan malherida y la conciencia tan horadada para no admitir que pueblo y patria viven buenas horas.
Va de suyo que un mandatario que recibe como espaldarazo el voto de uno de cada dos electores nacionales tiene que haber producido algún hecho saludable a la existencia de esas mayorías. Hay que ser rematadamente idiota para no verlo. Ya que la abundante factoría de tilingos nos ha obsequiado tantos enamorados y repetidores de la frase de Clinton (it’s the economy, stupid), podríamos buscarle una adaptación vernácula aplicable a nuestra coyuntura: “Es el gobierno, boludos”. Es el gobierno el que recibe los laudos por sostener un ciclo de crecimiento económico de duración y envergadura sin antecedentes en la historia, el que ha llevado la desocupación a menos de un dígito, el que ha reducido la deuda externa a menos de la mitad del PBI, el que lleva adelante políticas expansivas del mercado interno, el que reduce la pobreza y la indigencia con fondos que recuperó de grandes pulpos financieros especuladores, el que ha generado esta atmósfera de estabilidad y esperanza, de futuro aromado de sueños. Después está lo otro: la mística del militante, la cruzada cultural, el retorno de la política a la mesa del domingo, el fin de la impunidad genocida, la lucha contra la “corpo” y los monopolios. Pero esas son –en términos electorales- delicatessen para minorías, por mucho que nos pese. Necesario pero no suficiente; sazona pero no llena, salvo para los que ya tenemos la panza llena.
Por último, no está de más detenerse en ese terreno de barbarie intelectual rediviva y fulgurante que ha emergido en los últimos días. A falta del tal “voto agazapado” que anunciara Duhalde, aparece una suerte de idiotología brutal, expulsada como en un exorcismo por un sector minoritario pero bullanguero, imbécil pero soberbio, siempre desbocado y desmesurado, que vuelve a exponer epidérmicamente sus prejuicios, odios, desprecios, racismos y terrores de una manera monstruosa. Aparecen como eslabones perdidos entre el analfabetismo político y la hijaputez llana y lisa, Duhalde recordándonos las horas en las que bailábamos en la cubierta del Titánic en el año 98, como si él no hubiese sido parte de la tripulación, o Biolcatti hablando de un “voto plasma”, que viene a ser aquello en lo que la gente gasta la plata cuando ya se compró la licuadora. Al margen de lo mucho que hay que revisar en estos discursos patéticos acantonados en la conciencia de tanto seudoprogre, se descubre el desprecio categórico que suelen tener las elites (del signo ideológico que sean, ver Fito Paez y su asco) ante la consumación de la voluntad popular, cuando esa voluntad popular se caga en sus predicciones, valores y arquetipos. La exteriorización de la impotencia ante la realidad se sublima bajo la forma de frases que convocan a la “parte bien” de la sociedad: “Yo pertenezco al 50 % de los Argentinos que bancan a los vagos”, dice un tipo que no generó ni pizca de riqueza en toda su vida y que cobró siempre por ventanilla sin preguntarse de donde diablos venía su sueldo pero siempre presto a reclamar por el tajo impositivo que se le hacía; “quedan embarazadas para cobrar un plan”, grita una gorda que se la pasa sentada frente a la tele mientras su marido trabaja para comprarle el silencio. Exteriorizaciones de almas inmundas, ante las que se necesita demasiada indulgencia o mucha complicidad para no decirles en la cara que son unos imbéciles y que en buena hora la tienen adentro por cuatro años más.
Cristina ha ganado y repetirá en Octubre: seguiremos teniendo una inversión record en educación, disfrutando los avances del sistema de investigación y desarrollo, produciendo autos, aviones, vagones y trenes, cambiando nuestras “ventajas naturales comparativas” del sector primario al secundario. Ganando en soberanía, independencia, grandeza y espíritu americano. Algunos no lo quieren mirar, otros no lo pueden entender, y al margen de cierta furia y destemplanza por la cual me excuso, más vale ser comprensivo y compadecerse. Pobres los que tengan el alma tan malherida y la conciencia tan horadada para no admitir que pueblo y patria viven buenas horas.
