Por esas cosas del destino, Miguel Cané, furioso guardián de la nacionalidad patricia, nació en Uruguay en 1851. Nació, por tanto, con el aura de heroísmo y victimización exaltada que se imponían los perseguidos del rosismo. Su familia fue de aquellas que gritaron libertad después de Caseros, convencidas de que sin la influencia omnímoda del restaurador – el primer tirano depuesto- la Argentina pasaría a formar parte del mundo luminoso y progresivo del capitalismo mundial. Su vida transcurrió al tiempo que gauchos e indios eran aniquilados y reses y mieses cotizaban en alza en los mercados internacionales. Asesor y admirador de Sarmiento, habrá adivinado, como aquel, que muertos los brazos trabajadores por el exterminio unitario, habría que exportar fuerza de trabajo de Europa. Ilusionados ambos, habrán imaginados contingentes de rubios sajones, prolijos campesinos helvéticos y rudos labriegos franceses descendiendo de los barcos para traer el conocimiento, la técnica y la civilización a poblar la tierra donde todavía se resecaba la sangre de los que habían tenido la osadía antimoderna de practicar la barbarie y la holganza. La llegada de tantos iletrados procedentes del sur de Italia o de los elementales campesinos de la España precapitalista debe haber aguado tristemente sus expectativas
Temprano antecesor de Macri, Cané alcanzó la intendencia de la Ciudad de Buenos Aires luego de la federalización de la Capital. Más tarde, fue Senador, dejando al país un legado mucho más perdurable que su libro “Juvenilla”: la ley de residencia, a la que su autor llamó “deliciosa ley de expulsión de los extranjeros”. Ley redactada a pedir de la Unión Industrial Argentina (porque aunque no teníamos prácticamente industrias, ya teníamos a la influyente UIA), según la cual cualquier extranjero podía ser expulsado del país sin juicio previo; bastaba la sola acusación de la autoridad patronal. De esta forma, la nacionalidad oligárquica, patricia, resguardaba su glorioso país de minorías de la influencia de los agentes foráneos y disolventes: comunistas, socialistas y anarquistas. Los grandes problemas de la argentina del centenario. Los agitadores que reclamaban, no siempre con los mejores modales, mejoras en las condiciones de trabajo y que le exigían a la oligarquía argentina que humanizara sus pretensiones de lucro.
Cané fue un ícono de la generación del 80: culto de una cultura eurocéntrica, llegó a felicitar a José Hernández por la edición de “La vuelta de Martín Fierro”, con las siguientes palabras:
“Hace bien en cantar para esos desheredados, el goce intelectual no es solo una necesidad positiva de la vida para los espíritus cultivados, si no también para los hombres que están cerca del estado de la naturaleza”. En síntesis: también se puede hacer formas menores del arte para las bestias, dice Cané, quien, por otra parte, nunca hubiera alcanzado el éxito literario que alcanzó, si no fuera porque su famoso “Juvenilla” fue impulsado como libro infantil obligatorio por el conservadorismo oligárquico argentino (Escribe José Pablo Feinmann, al respecto:
“La generación de Cané ganó la guerra y organizó el país a su imagen y semejanza, ya que así organiza la verdad el poder cuando consigue imponerla. De aquí que hayamos sido educados bajo el imperativo de deleitarnos con las travesuras de las clases dirigentes, de los jóvenes educados de la burguesía porteña, de su oligarquía o de su aristocracia). Cabe aclarar que su adorado Sarmiento y todos los enemigos del federalismo mucho tenían que ver con que esos gauchos de las campañas fueran, efectivamente, “desheredados”, a los que magistralmente Hernández les canto sus penas extraordinarias.
Aunque no llegó a vivenciar los festejos – murió joven, en 1902-, Cané puede ser considerado parte de la Argentina del Primer Centenario, esa fiesta del fraude y la frivolidad, con estado de sitio declarado y represión desbocada. Fiesta en la que no participó más que una minoría de abolengo y estancia, con toros importados de Inglaterra y servidumbre importada de Italia. Diametralmente opuesta, la argentina del Bicentenario se encontró con el pueblo en la calle, festejando a coro con muchos otros pueblos del continente. Esa Argentina que hace un tiempo redactó una ley de inmigraciones acorde con los postulados de su Carta Magna y acorde con los tiempos de maravillosa integración latinoamericana que se viven. Una ley de inmigraciones que es, sin más, la antítesis de la ley Cané.
Pero la argentina del centenario no está muerta. Lanza, cada tanto, sus furiosos zarpazos, sus desmedidos ataques. Ya sin las formas refinadas y cultas de Miguel Cané, si no con formas mucho más brutales y groseras. Ya no es la oligarquía de linaje añejo y raigambre en la tierra la que propone la expulsión de los extranjeros de baja estofa, ahora es la comparsa grotesca del PRO, la tilingada berreta de Mauricio Macri, hijo de un inmigrante que si que le ha hecho mucho daño al país, participando en cuanto negociado turbio pudo realizar con el Estado neoliberal y aportando generosamente su deuda privada al pueblo, con la complicidad siempre gustosa de Domingo Felipe Cavallo. Cané escribía y tenía algo de talento además de mucho odio; a Macri apenas le queda una forma bastante rústica de este último. Con ese odio, intenta culpabilizar a los inmigrantes latinoamericanos por la crisis habitacional que su desgobierno a consolidado.
La Argentina del bicentenario acaso tengas esas dos caras: la de una oligarquía berreta que ha perdido su vigor y su inteligencia, apelando al lumpenaje violento como sucedáneo de los tanques y las botas que aun añoran, y la de un pueblo que conoce sus dolores y sus necesidades, pero sueña con un futuro de paz, justicia y armonía, donde todas aquellas personas de buena voluntad que quieran habitar el suelo de nuestra Patria puedan hacerlo, encontrando su lugar en el mundo. Un lugar que será, sin dudas, profundamente latinoamericano.