Hay un fragmento de la biografía de Galimberti escrita por Larraquy que recuerdo vivamente (mucho mejor de lo que suelo recordar pasajes de otros libros). La frase es más interesante que su emisor: Bonasso y Galimberti conversan. Galimberti finalmente le pregunta a Cogote si es en realidad un periodista o un compañero. Bonasso le pregunta cual es la diferencia. Galimberti le responde: -Si sos un periodista antes que un compañero, tendré que tratarte con el respeto y el desprecio con el que trato a los periodistas profesionales-. Son los tempranos 70. La militancia es una suerte de mandato y una entidad superadora de mil desviaciones, una solución y un ejercicio dignificante. El periodismo independiente no existe como concepto: los periodistas de los medios consolidados son operadores declarados del poder militar, oligárquico y proscriptor. Si no, no podrían ejercer el periodismo. Otros lo ejercen desde el llano de la lucha: en tiempos de persecución y censura, periodismo y militancia están inevitablemente hermanados. Prensa Latina es un órgano de información – o contrainformación- revolucionaria. Los mejores periodistas, los más innovadores y los más verosímiles, son militantes: Juan Gelman, Miguel Bonasso, Paco Urondo, Horacio Verbitsky, hasta Terragno y Eliaschev, por supuesto, Rodolfo Walsh. La verdad no existe si no como posición militante. La palabra “información” se acerca más que nunca a su etimología: dar forma. Se da forma a la realidad desde el periodismo, para cambiar la realidad. Militancia pura. El periodismo también se acerca a sus orígenes: los pasquines y las prensas partidarias remedan aquella gesta panfletaria de la Francia revolucionaria, que en nuestra tierra tuvo como impulsor nada menos que al Jacobino Mariano Moreno, con su tan mentada Gazeta (hay que aclararlo: Moreno no era independiente). Del otro lado, están los periodistas del statu quo: Grondona – operador y redactor dilecto del Onganiato- , Neustadt, mucho más atrás, Natalio Botana, militante feroz del golpe del 30. La prensa informa: voltea gobiernos como el de Illia, proscribe, como hace La Nación, que durante 18 años se referirá a Perón como “el tirano depuesto” y al peronismo como “el régimen depuesto o la dictadura” ¿Qué se puede esperar del Diario La Nación, “la tribuna de doctrina”, creación de un político hegemónico y sagaz como Bartolomé Mitre? ¿Qué se puede esperar de los Gainza Paz? ¿Qué sean independientes? ¿De qué? ¿De sus intereses de clase? ¿De sus negocios? ¿De su propio poder? En los 70 las cosas estaban clarísimas: o se estaba de un lado o se estaba del otro. No había imaginarios sitiales de independencia desde donde, como en un atalaya, el periodista narraba la realidad sin involucrarse en el barro de los hechos.
El concepto de “periodismo independiente” debe ser algo bastante nuevo en la historia. Yo no se ni como ni cuando, a alguien se le ocurrió que tal absurdo podía existir. Pienso que en nuestro país alcanzó su auge en la medida en que, por un lado, se demonizaba y hasta criminalizaba automáticamente la política, y por otro lado, se construía la idea de que los grupos económicos ejercían su mando y su poder sin cuestionamientos, por encima de toda política, sin confrontar jamás con esta, dominándola, tratándola como a un súbdito servicial. Los medios eran independientes en la medida que no tenían ataduras con el poder político. Lo que se obviaba, eran sus nexos naturales con el poder económico, verdadero poder de facto superior. Si los grupos económicos eran incuestionables e intocables y, mucho más, invisibles ¿Qué cuestionamiento podía haber a los medios de comunicación que expresaban sus intereses? Solo había que mantener las formas: cierto respeto por algunas reglas de la democracia y una garantía de espacio y legitimación para la política. El concepto Magnettista en su máxima expresión: use a los políticos mientras le sirvan, luego hagalos un bollito (en esto fueron expertos) y tírelos. Regla básica para sostener perennemente el poder real: generar espacios de poder subalternos que simulen alternancia y hasta confrontación.
Eso fue – y es- el periodismo independiente: la máscara con que el poder real e inamovible de las corporaciones desciende a los espacios del poder subalterno. Se llama, humildemente, cuarto poder, cuando en realidad es un tentáculo del poder superior llegándose impostadamente a la lucha política. Porque, en el fondo, el poder corporativo siempre guarda algún recelo respecto de la política, aun cuando la crea completamente dominada. Y razón no les falta.
Otro tema son los periodistas. Aquellos a los que parece que se les pisara el dedo cada vez que se los compara o equipara con militantes. Majul marca la diferencia: por un lado el periodismo independiente, por otro el periodismo militante. Nos quiere convencer que él pertenece al primer grupo. Primero debería convencernos de que se trata de un periodista, pero aceptado esto, conviene recordar que a Majul le pagan el sueldo Manzano, De Narvaez y Vila. Esos son los mecenas altruistas que, por amor a la verdad y a la inteligencia, subvencionan el ejercicio de periodismo independiente, puro e inmaculado, de Luis Majul. Hace ruido. Hace agua por todos lados. No vale la pena ocuparse de Majul. Mucho menos de Morales Solá, escriba rastrero de un asesino como Bussi, ni de Grondona, lenguaraz grandilocuente de cuanto milico detentó el poder a sangre y fuego, ni de tantos bocones que nos quieren convencer de su honestidad y de la lucidez inabarcable de sus razonamientos independientes: Leuco, Tenembaum, Eliaschev, Lanata, Santillán.
Lo que verdaderamente me preocupa, es que otros tengan miedo de ponerse la camiseta que les corresponde: todos son periodistas militantes, de una causa o de la otra. De la democracia o de las corporaciones. Puede pesarle a alguno la camiseta, pero ya la tienen puesta. Me asombra escuchar a los panelistas de Gvirtz declarando su incomodidad con el mote de “periodista militante”. Será porque, en estos tiempos de recomposición y restitución de la política como ejercicio digno y superador, ellos todavía acarrean algún resabio de la derrota cultural. Acaso tengan un concepto muy bajo del militante, al que imaginan como una suerte de autómata del asentimiento, como un seguidor y repetidor acrítico de verdaderas impuestas desde estamentos superiores. Puede ser que vean a la militancia como una forma de disciplinamiento. No es eso. No al menos en los tiempos que corren: el militante actual, en particular el militante del campo nacional y popular, es un militante que entiende bastante bien de que va la cosa. Que se vuelve militancia porque desprecia la independencia por estéril, por individualista, por inconducente, por nimia, por onfalocéntrica. Que asume la necesidad de integrarse a los espacios colectivos y de apoyar estamentos superiores, porque estos lo representan: no es oficialista porque le convenga ni lo es por el mero hecho de estar donde está el poder. No es sostenido por el gobierno si no que aspira a ser sostén del gobierno. No repite lo que dice el gobierno, si no que entiende que el gobierno repite –casi siempre- lo que el siempre dijo o lo que el ahora siente y piensa. Si aceptamos esto, no hay otra cosa en estos tiempos que militantes, en el llano o en los medios. Tiene razón Sandra Russo. Se equivocan otros que le tienen miedo a la calificación. Concedamos al menos esto: Majul debe estar convencido de lo que dice. Sin dudas Morales Solá o Grondona lo están. Si en el futuro dejaran de estar de acuerdo con lo que ahora piensan, deberían ir tramitando la jubilación (cosa que Aguinis, previsoramente, ya hizo, cobrando una jubilación de privilegio desde el año 87 por haber ejercido la función pública apenas 7 meses)
La vuelta del periodismo militante es un signo positivo de estos tiempos. Ojalá que algún día se termine el verso de la independencia. Que todos reconozcan desde donde hablan, que intereses defienden, con que camiseta juegan. Ese día, habremos desandado una zoncera más.









