En esa mañana del 17 de octubre – recuerda Arturo Jauretche- vino a verme un dirigente de Lanús, Pedro Arnaldi, obrero de la construcción, artesano especialista en chimeneas de casas-habitación. Serían las 9 y 30 de la mañana. Entra y me dice:- Doctor, nos venimos todos al centro.- ¿Quiénes? - Nosotros, todos, los obreros, los bolicheros, la gente del barrio, los maestros de escuela, todo el barrio se viene al centro. Porque ya no hay más radicales, no hay más conservadores, no hay más socialistas. Hay peronistas. La gente está con Perón y no hay más remedio. O Perón o la oligarquía ¿Qué hago, doctor?- -Le dije:-¡Agarrá la bandera y ponete al frente…! Así empezó esa marcha increíble, gente que vino desde La Plata, columnas que venían a pie, desdé todos los ángulos...Pedro Arnaldi, que movía treinta votos en Gerli, pasó el Puente Pueyrredón con su bandera al frente de diez mil almas...”
Recuerda Leopoldo Marechal: " Me llegó desde el oeste un rumor como de multitudes que avanzaban gritando y cantando por la Avenida Rivadavia, el rumor fue creciendo y agigantándose , hasta que reconocí primero la música de una canción popular y en seguida, su letra:
"Yo te daré/
te daré, Patria hermosa,/
te daré una cosa,/
una cosa que empieza con P/
Perooón"
Y aquel "Perón" resonaba periódicamente como un cañonazo. Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Vi, reconocí, y amé los miles de rostros que la integraban no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina "invisible" que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas, y que no bien las conocieron les dieron la espalda. Desde aquellas horas me hice peronista.
“Inesperadamente, enormes columnas de obreros comenzaban a llegar - escribe Scalabrini Ortiz - Venían con su traje de fajina porque acudían directamente desde las fábricas y talleres( ...)Eran rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de pringues, de resto de brea, de grasa, aceites. Llegaban cantando y vociferando unidos en una sola fé... Una pujante fé sacudía la entraña de la ciudad... Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los tambos de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López. Las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de Lanús, de Gerli y Avellaneda, o descendían de las Lomas de Zamora... Era el subsuelo de la patria sublevado"
Recuerda Ernesto Sábato (un antiperonista siempre culposo):
“Yo estaba en mi casa, en Santos lugares. No había diarios, no había teléfonos, ni transportes. El silencio era un silencio profundo, un silencio de muerte. Y yo pensé para mí: esto es realmente una revolución. Era la primera vez en mi vida que asistía a un hecho semejante. Por supuesto, había leído sobre revolución.Todos tenemos, en general, una idea literaria y escolar de lo que es una convulsión de esa naturaleza. Pero es una idea literaria, sobre todo en este país, donde la gente ilustrada se ha formado leyendo libros preferentemente en francés. Y todavía hoy, ve con enorme simpatía, cada vez que llega el 14 de julio, en las vitrinas de la embajada francesa, en la calle Santa Fe, un descamisado tricolor tocando un bombo, rodeado por otros descamisados que vociferan y llevan trapos y banderas. Todo eso les parece muy lindo y hasta de buen gusto, porque está en la avenida Santa Fe, sin comprender que esos hombres allí representados eran precisamente descamisados y que esa revolución, como todas, por otra parte, fue sucia y estrepitosa, obra de hombres en alpargatas, que golpeaban bombos y que seguramente también orinaron, como los descamisados de Perón en la Plaza de Mayo, en alguna plaza histórica de Francia (...)A mí me conmueve el recuerdo de aquellos hombres y mujeres que habían convergido sobre la Plaza de Mayo desde Avellaneda y Berisso, desde sus fábricas para ofrecer su sangre por Perón.”
“La multitud tomaba los cables del trole de los tranvías - señala Ángel Perelman -, los daba vuelta y el mótorman empezaba a manejar el vehículo en dirección inversa. Los manifestantes subían entonces atropelladamente al tranvía, lo ocupaban por entero y se encaramaban a sus techos, mientras que los trabajadores que no habían podido meterse en el vehículo hacían lo mismo con el ómnibus, camión o tranvía siguientes. El sistema de transporte de Buenos Aires adquirió un orden rígido: ese día funcionó en una sola dirección”.
Relata Cipriano Reyes: "En esos momentos se produce un hecho insólito. A orillas del Riachuelo hay pilas de maderas, troncos y palos de árboles, algunas canoas y pequeños botes viejos abandonados: los más audaces manifestantes se lanzan al agua abrazados con una mano a esos troncos y tablones, o asidos a los bordes de los botes y remando con la otra mano, tratan de cruzar a nado (...) Aquello fue un espectáculo maravilloso."
“Era un espectáculo asombroso - recuerda José Enrique Miguens -. Buenos Aires nunca había visto una cosa así. La ciudad, en esa época, era muy formal en el vestir, todo el mundo en el centro andaba de saco y corbata, con trajes de colores oscuros, y todos con sombrero o rancho, y la gente grande alguna que otra gorra, de esas con alambre adentro que le daban forma, pero nadie andaba con la cabeza descubierta. Hasta los trabajadores y artesanos que caían al centro a hacer algún trabajo, venían de saco y corbata para diferenciarse de los malevos haraganes que con el saco usaban el lengue... Los sociólogos sabíamos que en los últimos años se había concentrado más de un millón y medio de obreros industriales en los alrededores de la Capital, pero eso era solo un número, nadie los había visto. Y de pronto comenzaban a aparecer desde todas las calles, muertos de cansancio y de sed, arrastrando los pies, miles y miles de patéticos personajes. Hombres y chicos en alpargatas, con la cabeza descubierta, con pantalones muchos de ellos desflecados y camisas abiertas por el calor, mujeres con chicos en brazos con camisolas largas sin ninguna forma de vestido (...) Iban primero a la elegante fuente que adorna la Plaza de Mayo a meter en el agua los pies destrozados por kilómetros de caminata y después se iban tirando en el suelo, a descansar, en cualquier lugar."
Hubo algunos que no entendieron nada de lo que pasaba y otros que nunca quisieron entender:
“Nosotros no participamos del 17 de octubre - recuerda, con pesar, un dirigente gremial del Partido Comunista -.Los metalúrgicos que nosotros controlábamos trabajaron... el 17 de octubre. No lo entendimos, no seguimos a la masa y nos costó muy caro...”
“A las 13, el ministro de Marina había rechazado un ofrecimiento de dirigentes comunistas para que obreros armados de esa tendencia enfrentasen a los trabajadores peronistas”.
Usted no sabe lo que fue eso, horrible. Algo tremendo, opina Jorge Luis Borges en una ocasión Y en otra, comenta: Yo estaba avergonzado e indignado. Eso es, indignado y avergonzado”.
“Era un sector numeroso del pueblo, el de los resentidos, el de los irrespetuosos - escribirá Ezequiel Martínez Estrada -, individuos sin nobleza... turba... populacho... horda... recogida con minuciosidad del hurgador en los tachas de basura, residuos sociales... hez de nuestra sociedad... chusma... pueblo miserable de descamisados y grasitas, desdichado pueblo que ha perdido el respeto... nuevo tipo étnico de - cabecitas negras y peloduro”.
“Ese día, me encontraba en un domicilio privado - relata el socialista Américo Ghioldi -, siguiendo los acontecimientos que habían sido desencadenados desde arriba. Comprendí entonces que se iniciaba un largo y doloroso período, que quienes habían planeado lo que se llamaba - la revolución en el Ejército - habían logrado desencadenar un movimiento de masas que acompañaría a la dictadura. Con el caer de la tarde, la tristeza me dominó.
Un sindicalista del mismo partido, Francisco Pérez Leirós, señala: “ese día estaba en París representando a los trabajadores libres de la Argentina... Si hubiera estado en Buenos Aires, hubiera propuesto un paro general contra los totalitarios... Claro que sí, contra Perón, mejor, contra el peronismo.
Tomado de Perón: Formación, ascenso y caída, de Norberto Galasso