Un malestar físico me habita desde que mi viejo, esta mañana, me lo contó, ni bien me levantaba: una combi se comió un camión, a las 11 de la noche, en Santa Fe, y hay 15 muertos. Parece que la mayoría de ellos, chicos muy jóvenes
¿Conozco a alguna de las víctimas? No. Sin embargo, una pesadumbre de espíritu, una especie de duelo gris, se ha apropiado de mi alma ¿Conozco a alguno de los muertos? No… o tal vez si… los conozco demasiado.
En los últimos años lo he vivido todo: un amigo muerto, amigos inválidos y una familia –la de mi mujer- marcada para toda la vida por la muerte de una hija en un accidente de tránsito. Pienso en las rutas y siento pavor. Creo que, efectivamente, la inseguridad existe, y esta en las rutas y calles. Un ejercicio simple, que debería ejecutar cualquiera, es pensar cuantas de las personas que nos rodean han sufrido en su entorno un accidente de tránsito, cuántos con lesiones graves y cuantos con víctimas fatales. Estoy seguro que si hacemos esto, el resultado será estremecedor. La muerte en la ruta se ha convertido en una posibilidad tan aberrante como concreta. Por el contrario, apenas conozco una persona a la que le han pegado un tiro para robarle, y no murió (no estoy restándole gravedad, solo estoy haciendo un “relevamiento estadístico” de mi entorno)
La ruta mata: loquitos que circulan a velocidades exorbitantes, que deciden que frenar es una afrenta al bólido que manejan y, por lo tanto, pasan a la velocidad que vienen sin importar demasiado lo que haya adelante. Boludos que no entienden que subirse a un auto sin cinturón de seguridad es jugar a la ruleta rusa. Gente que va sin casco en a moto. Hijos de puta y de re mil puta que circulan sin luces, de noche, a 40 kilómetros por hora, en camiones, tractores o autos. Forros que te meten la pija en el orto y te hacen señas de luces desesperadas para que los dejes pasar aunque vengan totalmente por encima de la máxima permitida. Imbéciles que creen que las mejores reglas de tránsito son las que ellos crean cotidianamente y a su antojo.
Por otro lado se escucha: “Nadie maneja a 110 o 120, yo voy a 160 como todo el mundo”, “el problema son las rutas, que están en mal estado”, “el problema son los negros de mierda que viajan en autos viejos”, “yo a 160 manejo mejor que a 110”, “ el cinturón a veces te juega en contra”, “por más que vos te cuides, viene uno te caga la vida”.
Mil pelotudeces. Mil pelotudeces que cuando las escuchás no sabés si tenés que levantarte y pegarle una trompada al que las dice, abrazarlo y pedirle que reflexiones o resignarte a que el mundo está lleno de imbéciles, y es así, y no hay más que hablar: el tipo que manejaba la camioneta donde hace menos de un año se mató mi amigo, era la tercera vez que volcaba en el lapso de tres años. Es un ejemplo grosero, pero todos lo accidentes tienen algo de grosero. No conozco uno solo que no tenga rasgos ridículos, evitables, factores de riesgo escandalosos: gente desatada, velocidades exorbitantes, imprudencia manifiestas, manejo nocturno en rutas desconocidas. Hay algo más que fatalidad: hay, sobre todo, imprudencia.
¿Qué pensaba el imbécil que ayer sacó, a las 11 de la noche, un camión sin luces a la ruta? ¿Qué pensará ahora? ¿Cuántas veces lo habría hecho antes? ¿Cómo se vive con 15 muertos encima, por sacar un camión, a las 11 de la noche, sin luces, a una ruta?
Más de 8000 muertos por año en las rutas: algo así como 20 por día. No se puede convivir con ese número. Es la principal causa de muerte en gente joven ¿Nos damos cuenta? Puedo fumar como un escuerzo, comer con sal, con grasa, no hacer deporte, drogarme, lo que sea: nada de eso me acerca más a la muerte que salir a una ruta en Argentina.
Estoy golpeado: 15 vidas ¿Cuántas familias? ¿Cuántas lágrimas se derraman hoy en Argentina?