Más allá de la calidad del film, que no estoy en condiciones de juzgar, constituye una linda pieza sintética para emocionarse, enorgullecerse y, acaso, soñar con floridos destinos contrafácticos que la puta muerte vino a truncar.
martes 31 de agosto de 2010
Alicia y John - El peronismo olvidado
Más allá de la calidad del film, que no estoy en condiciones de juzgar, constituye una linda pieza sintética para emocionarse, enorgullecerse y, acaso, soñar con floridos destinos contrafácticos que la puta muerte vino a truncar.
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sábado 21 de agosto de 2010
Una opinión acerca de la leyenda del Gardel uruguayo
Apasionante y llena de significado, símbolo icónico de lo rioplatense y lo americano, la biografía de Carlos Gardel abunda en lapsos oscuros, en versiones contradictorias y en anécdotas rematadamente ficticias. Desde su nacimiento a su muerte, toda su vida aparece sazonada con trascendidos que, si agregan a la construcción de la leyenda, atentan contra la verdad histórica. La más escandalosa e increíblemente efectiva de estas versiones, es aquella que ya se ha convertido en campaña oficial uruguaya por trasladar el sitio de nacimiento de Gardel desde Toulouse, Francia, a Tacuarembó, Uruguay.
El primer logro de esta militancia es haber convertido el nacimiento de Gardel en el dato más significativo de su biografía. Si bien nadie pretende negar la importancia del mero hecho de nacer –indispensable, por cierto, aun para la biografía del más intrascendente de los mortales-, hay que entender que si Gardel fue Gardel, lo fue por hechos que tienen que ver exclusivamente con su carrera artística, no por su natalicio. Muchas veces, el arte de Gardel resulta soslayado con el único fin de enfatizar la uruguayedad del cantor. Fanáticos militantes de la causa “uruguayista” se han volcado por doquier que internet lo permita: no queda un sitio web donde Gardel no sea -definitiva e indiscutiblemente- uruguayo. Digamos que, si Gardel efectivamente hubiese nacido en Tacuarembó, su patriotismo se ha visto exacerbado por millones de veces en la hora póstuma. Inclusive la simple y obligada referencia de todo lector lego, Wikipedia, gasta el rico -y acaso injustamente prestigiado- espacio en un fárrago que culmina en la conclusión inequívoca de que Gardel era Uruguayo, excepto para un par de trasnochados mentirosos que sostienen una curiosa “teoría francesista”. Es demasiado; el fervor a repetición que se despliega desde la Banda Oriental alcanza para despertar alguna sospecha. Creo que si los franceses gastaran las horas y los esfuerzos que gastan los Uruguayos en adjudicarse el natalicio gardeliano, yo empezaría a creer en la improbable teoría uruguaya. En este caso, como en otros: tanto barullo esconde chamullo.
Hay dos caminos para creer que Gardel era uruguayo: el primero –y el más ampliamente elegido- consiste en ponerse la celeste y gritarlo a voz en cuello con convicción y coraje charrúa. Es lo que se ha hecho sistemáticamente, inclusive desde altos cargos oficiales: Gardel es, en Uruguay, poco menos que una cuestión de Estado. Rindámonos ante el éxito de tales esfuerzos. La segunda implica aceptar como cierta una teoría que – y acá me van a disculpar si pierdo la línea- es un mamarracho y un bodrio empalagoso. Un crimen de lesa historia que reclama la indulgencia o la complicidad como condición para su credo. Porque implica asumir la historia de dos gardeles: uno nacido en Uruguay, producto de una relación prohibida entre un tal coronel Escayola y una joven uruguaya, el otro nacido en Toulouse, hijo natural de Berthe Gardes, llamado Charles Romuald Gardes. El primero, un poco mayor, habría sido dado a Berthe en adopción durante una visita al Uruguay -previa a su llegada definitiva a Buenos Aires- de la que no hay ninguna prueba. Luego Berthe habría retornado a Francia -dejando a Carlitos Escayola en Uruguay- y habría parido a Carlos Romualdo, para luego retornar al Río de la plata y reclamar al hijo adoptivo. Los dos gardeles (aunque ninguno se llamaba así, ya que “Gardel” fue un nombre artístico adoptado por el cantor) habrían crecido juntos, hasta que el tal Charles Romuald, un ser anodino y sin gloria, habría desaparecido de la historia, y Berthe se habría dedicado a criar al Carlitos adoptivo, del que sin empacho se había deshecho una vez antes, para darlo en tenencia a una amiga. Es conveniente aclarar que no existe la más mínima prueba que abone esta historia, mientras que las pruebas –que hacen a la biografía- son cuantiosas para abonar la “teoría francesista” (así la llaman, con la pretensión de igualar la veracidad de las versiones, los uruguayos). Pues el hecho más importante es el siguiente: es imposible articular una biografía coherente y cimentada en pruebas partiendo de la versión uruguaya. Todo se pierde en un desorden que deja al curioso lector propiamente empachado. Las pruebas de la verdadera vida de Charles Gardes abundan, hacen a una historia posible; lo otro es apenas una construcción llena de voluntarismo, basada en cuatro declaraciones periodísticas – la mayoría de ellas, procedente de uruguayos, en tiempos posteriores a la muerte del cantor- y en el hecho innegable de que el pasaporte de Gardel hallado tras su muerte en Medellín, declaraba que Gardel era oriundo del Uruguay. Hay explicaciones sobradas de por qué Gardel ocultó su nacionalidad francesa y consiguió un documento uruguayo, para inmediatamente nacionalizarse argentino. No voy aquí a profundizar en las pruebas del nacimiento francés de Gardel, apenas una enumeración a la carrera, que será necesariamente incompleta: testimonios de amigos de la infancia, de familiares franceses y de su madre, testamento hológrafo, el testimonio de un Uruguayo verdadero y genial como fue Irineo Leguizamo, partida de nacimiento, certificado de migraciones, por citar algunas. Para despejar dudas, se debería leer la monumental obra de Julián y Osvaldo Barsky o, mejor aún, ahondar en la lectura de las versiones uruguayistas: nada mejor que los argumentos orientales para concluir por desestimarlos.
Últimamente, en la desesperación uruguaya por la falta de pruebas, se ha pedido la exhumación de Gardel y de su madre del panteón de la Chacarita para realizar una prueba de filiación por ADN. El objetivo: demostrar que no existe correlato biológico entre los genes del cantor y los de Berthe. Con buen tino y respetuosa prudencia, el pedido fue desestimado por carecer de fundamentos. De todas maneras, poco importa: si la prueba demostrara que Gardel es hijo de Berthe, no faltarán quienes digan que el que está allí no es Gardel, o que los huesos de Berthe son en realidad los del Coronel Escayola, o que en aquel entonces Toulouse era territorio uruguayo de ultramar.
Gardel nació en Francia, llegó a nuestro país a los dos años de vida y se nacionalizó argentino siendo adulto. No debería haber a esta altura ninguna duda. Si la memoria del mudo no importa, al menos debería importar el respeto por la disciplina historiográfica. Por último, una declaración un tanto pueril: los argentinos deberíamos saber un poco más sobre la biografía y la obra de ese tipo que amó esta tierra por sobre todas las cosas, que se convirtió en el primer producto cultural argentino “for export”, que llegó a ser una figura mundial incomparable, que antecedió a Los Beatles en eso de despertar el furor hormonal y desenfrenado de jovencitas en cada lugar que puso el pie, y que, sobre todo, fue fuente de un arte incomparable destinado a la inmortalidad.
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sábado 14 de agosto de 2010
Macrismo explícito

Lo que se ve es un tweet publicado por Alejandro Rozitchner minutos después de que se confirmara la segunda víctima fatal en el derrumbe de Villa Urquiza. La frase alcanza para eximirme de todo análisis. Bastará decir que este es considerado el "intelectual macrista". Un cínico vergonzante. Un estúpido. Una basura. En suma: un ícono PRO(1).
Esta basura es el PRO. Esta elementalidad antipolítica, inescrupulosa, descarada, grosera, esta derecha rastrera, sub-menemista, vomitiva, escandalosa.
1. No olvidar la actitud del responsable político del control de obras, que en pleno caos, cuando se buscaba desesperadamente a las víctimas, se fue a formar parte de la comisión directiva de Boca para votar en torno del contrato de Riquelme.
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