Que la nuestra es una lucha que se ejecuta a toda hora y en todo momento, en la coyuntura que nos toque, pensando en fortalecer el proyecto nacional y popular, no solo para que llegue a 2011, si no para que lo haga en ascenso, con iniciativa política, con capacidad de llegar y convocar al pueblo detrás de la causa, y lograr consolidarnos en un nuevo ciclo más allá del 2011.
Pero…
Que la posibilidad de una derrota en 2011 no es un dislate, y que entonces debemos saber que más allá de la coyuntura, del día a día y el corto plazo, está nuestro rol histórico y, tal vez, generacional.
Que 2001 significó la implosión de un orden económico -que había sido instaurado a fuerza de sangre en la Argentina en 1976- y la explosión de una trama política, derivando en una crisis profunda de los partidos políticos, que se hace notoria en la disgregación del radicalismo primero y de parte del justicialismo hoy. Y también una cultura se desmorona, aunque lentamente: la que dimana superestructuralmente del orden económico neoliberal*.
Que el proceso abierto en 2003 marca un quiebre con ambos órdenes, incorporando una nueva concepción económica – intervención estatal, modelo industrialista, subsidios en áreas priorizadas, desarrollo científico-tecnológico, fortalecimiento del sector público, paritarias, mercado interno como prioridad, creciente participación de asalariados en el PBI-, e incorporando actores políticos otrora excluidos: movimientos sociales, organismos de derechos humanos, pueblos originarios, intelectuales, juventudes con vocación política e intelectual, sindicalismo renovado, agrupaciones de género y de lucha por las libertades sexuales.
Que más allá de 2011 – como dice Horacio Verbitsky- está 2012. Que la vuelta al pasado (previo a Diciembre de 2001) es imposible si no es a fuerza de una represión brutal y de un avance sobre las conquistas populares que el pueblo argentino no podría resistir ni tolerar, máxime cuando perduran en su memoria la épica y la madurez de las jornadas que dieron por tierra con De La Rua.
Que la oposición naufraga y fracasa, no solo por su atomización y sus cacicazgos volátiles y anecdóticos, si no también porque no es capaz de interpretar esa realidad: al neoliberalismo, a los 90, no se vuelve. El que lo quiera hacer, será fagocitado por la historia.
Que el gobierno actual supone una renovación, una bisagra histórica, pero que – natural e inteligentemente, ya que se trata de consolidar poder para iniciar el cambio histórico- conserva en su estructura algunas rémoras del pasado, que es necesario gradualmente ir superando y mejorando.
Que nos toca a nosotros.
Que nos toca a nosotros entender ese rol que se nos asigna: la construcción de un período histórico distinto al que iniciaron Martínez de Hoz y Videla. Con justicia social, soberanía política, desarrollo económico, tecnológico e industrial, integración latinoamericana plena, respeto por la diversidad cultural e individual, participación popular y enriquecimiento de la democracia.
Que podemos perder en 2011 ¡Qué novedad! Pero no podemos perder el tren de la historia. Que algún desgraciado puede tener el mal tino de derrotar al gobierno en 2011 y pensar en virar el timón hacia el pasado y que, por lo tanto, ellos no pueden ganar en términos históricos, porque apuntan a habitar un edificio que ya fue demolido.
Que nos toca la historia, pensaba, en el inodoro, que es un lugar propicio para este tipo de reflexiones solemnes.
* El baño despierta los suburbios marxistas de mi conciencia




