jueves, 4 de noviembre de 2010

Fin de farsa

Si la muerte de Néstor hubiera sido apenas una noticia, una nota explosiva, brutal e inesperada cayendo sobre la realidad mediática, para luego ser debidamente amansada, suavizada y modelada hasta convertirse en un hecho trashumante más, dentro de todo lo digerible, lo potable, lo explicable, lo reíble y lo manipulable, acaso Cobos hubiese sobrevivido al sismo. Pero Néstor muriendo en el fragor de la lucha, su deceso no planificado, su recostarse en el aparato de la muerte como estrategia final, no es tan solo un aglutinante poderosísimo de televidentes y lectores, la vorágine de elencos descartables y pasajero; es mucho más: es el papel de la política petrificándose a mármol en forma acelerada, es la dramática realidad efectiva de los hechos históricos golpeando sobre el escenario actual con una fuerza que deshace violentamente tantas mansiones de cartón, tanta ficción y tantas imposturas.
“Kirchner sepultó a Cobos”, se decía ayer. En realidad, todos lo pensamos desde que empezamos a tirar las primeras líneas de análisis en los instantes inmediatos a la noticia del miércoles: nada bueno se avecinaba en el horizonte de Cleto. Había un inevitable sentimiento de compasión y una notoria vocación protectora que se derramaba sobre la presidenta, que automáticamente convertía a su archienemigo entronizado en la traición vicepresidencial en un ser deleznable y odioso. Cobos, que alguna vez había usufructuado un lugar que le había caído del cielo para dar un golpe de mano inesperado y oportunista, pasaba a ser el muchacho equivocado en el momento y en el lugar equivocado. Pero no era tan solo eso. Porque de este juego de sentimientos y culpas diferidas, de victimizaciones y demonizaciones, Cobos y el dispositivo mediático que en última instancia lo inventa y lo sustenta, entienden lo suficiente. El problema es otro: no pasa por notas sentimentales, por víctimas y verdugos; no pasa por el televisor ni por la radio, pasa, a ras de piso, por el terreno de la historia. No se juega en el escenario donde se parodian las parodias, se juega allí donde la historia se hace vorágine desarrollándose, devorando lo inútil, lo débil, lo accesorio; donde la gravedad de los sucesos conmociona hasta al mismo guionista: acaso ni Dios esperaba lo que en definitiva ocurrió.
Ese vicepresidente impostor, que con histrionismo poco esmerado apelaba hace unos años a las caprichosas notas de su corazón – sano pero oscilante- para lanzarse a una orgía de oportunismo y felonía, es la ficción. El hombre que muere, que deja su cuerpo en el camino por no poder decir basta, que atiende a los afanosos médicos con menos atención que a los compañeros, que es político en vida y en muerte, es lo más real de los últimos 30 años. Si la dictadura estigmatizó la política, el bochorno noventista la infamó y la vilipendió, mercantilizándola, divorciándola de toda instancia utópica. Acaso era lo normal, pues si la historia había muerto, la política no podía ser más que un pasatiempo informal de oportunistas rapiñando los últimos restos de las reliquias gloriosas. Eso fue el menemismo. Y ahora, Néstor muriendo
–su cortejo, esas lágrimas, el renovado fervor militante que despertó- es la historia reviviendo. Por eso los farsantes pagan, las máscaras caen. Aquellos imposibles dirigentes de cartón que hasta ayer pretendían encontrar en las pantallas televisivas el sucedáneo de sus bases ausentes, los que se dejaron arropar en su soledad por la siempre generosa oferta de las corporaciones para suplir su orfandad y su vacío, hoy ven el suelo quebrarse y los frágiles cimientos de sus construcciones de utilería desmoronarse. Eso fue Kirchner muriendo: el haz de luz delator golpeando sobre los prescindibles, sobre los que definitivamente deberán irse para nunca más volver. Cobos – el gran comediante- se hunde sin ruidos ni aspavientos, como suele suceder con aquellas estrellas cuya figurita es apenas furor de una temporada.
Su renuncia es cuestión de tiempo, un lento devenir del almanaque que lo quema en su indecisión: ahora es demasiado tarde para saltar del barco, pero la invitación a hundirse, con una última – y acaso imposible- hidalguía, junto al acorazado de desfachatez y prevaricación que navegó hasta hoy, no parece tentador para un hombre que creyó caminar sobre aguas abisales cuando en realidad chapoteaba en una barrosa laguna.
Kirchner muere y florece en historia viva, en futuro en gestación, en hechos que marcarán el derrotero de una Patria poseída por un pueblo militante que conduce. El otro, el indigno, cierra su periplo claudicante con una justa recompensa de desprecio y olvido.

2 comentan por ahí:

kaka dijo...

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Otro muy bueno, fue el poema que leyo el actor compañero, que nunca me aceurdo el nombre,e s de nacionalidad peruana.

No lo puedo encontrar al poema, si lo encuentro, te lo paso.

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