Hablo inglés. Mejor que hablarlo, lo escribo, mejor que escribirlo, lo leo y lo escucho. Al menos eso consta en el certificado del último examen que rendí. Esa es una constante entre los que han aprendido “El Idioma” en las academias antes que en la práctica. Las personas que se hacen al inglés en la necesidad cotidiana de utilizarlo, suelen hablar muy bien, pero flaquean en la escritura. Por el contrario, yo no he tenido gran cantidad de ocasiones para hacer uso oral de mi aprendizaje: algún viaje, algún turista, algún colega extranjero. Además, he publicado un trabajo en inglés en una revista científica y leo cotidianamente los tan mentados “papers” que ningún trabajador de ciencia y tecnología puede evadir. Poco más: si tuviera que hacer la cuenta de los réditos obtenidos por cada mango y cada minuto invertido en institutos, los beneficios serían rather disapponting, por decir algo. Creo que mi caso se repite en una gran cantidad de personas en la Argentina. Sin embargo, en estos tiempos, el aprendizaje del inglés cuenta con una injustificada sobrevaluación respecto de otras áreas de aprendizaje, y no logro explicarlo de otra manera que no sea pensando que existe algún correlato de dominación y penetración cultural.
Sigo con la autobiografía. Tengo baches profundos en mi formación en matemáticas. No hablemos de la estadística. Bache no, tremendos socavones que más de una vez me han traído grandes complicaciones en mi trabajo. En otros rubros, he tenido que salir a autogestionar mi aprendizaje en amplios campos: historia, geografía, gramática (los magros resultados están a la vista). No fue así con el inglés, al que he destinado amargas y tediosas horas desde la infancia. Por lo demás, he visto colegas que, con mucho menos manejo del inglés que yo, logran resultados prácticamente idénticos a los míos. He recibido, alguna que otra vez, consultas de compañeros atorados por el vocabulario de alguna publicación o urgidos a hacer uso del idioma en alguna circunstancia puntual, pero no han sido más que las veces que me he visto obligado a pedir ayuda para analizar datos. Quiero decir: yo debería haber destinado más tiempo a aprender matemática y estadística y un poco menos al inglés. La matemática es un idioma que no entiendo más que brutalmente. Me animo a decepcionar a muchas madres que descansan en calma mientras sus hijos aprenden inglés en jornadas de lunes a viernes, tarde completa, en colegios privados: es muy probable que sus niños estén perdiendo el tiempo rematadamente; mejor les vendría un poco de matemática, algo más de historia y geografía, un baño salutífero de química y biología, y menos inglés.
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Se que el párrafo precedente puede sonar a sacrilegio para muchos: -Inglés, ingles ¡Qué aprenda inglés!- gritan desesperadamente las madres en las direcciones de los colegios paquetes. – Mirá, se sabe todos los colores- me dice otra- mostrale al señor, mostrale- y el pibe arranca con ielou, blu, grin, red. La madre me mira como esperando que se me desplome la carretilla de admiración estupefacta ante el frondoso arsenal de vocabulario colorinche que el pibe maneja. – Pelotudeces- le espeto- Que me diga cuando fue la batalla de la Vuelta de Obligado. Que me lo diga en inglés, si tiene ganas-. Ahí nomás, me doy media vuelta, no sin antes clavarle la mirada al niño y decirle, con voz firme: fuck you, asshole.
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El discurso de Cristina el sábado pasado, en San Pedro, fue interesantísimo. Mal que les pese a algunos, a veces the mare da en la tecla: -Convoco a nuestros compatriotas a una nueva gesta: despojar nuestras cabezas de las cadenas culturales que durante años nos han metido- se despachó, cosechando menos repercusiones que con el famoso tuit “piratas fore ver”. Yo aplaudo la discurseada, pero se sabe que yo aplaudo casi todo lo que dice the mare. Pero hay algo interesantísimo en esto: cadenas culturales – más allá del juego de palabras por las cadenas cruzadas en el Paraná- es una figura discursiva interesantísima. Porque creo que algunas ataduras impiden ir más allá y cuestionar ciertas normas naturalizadas que no tienen nada de casuales ni de naturales ¿Por qué es tan importante, imprescindible, honroso, dignificante, maravilloso, hablar inglés? La tan mentada aseveración acerca de que se trataría del idioma universal, puntea cómoda entre las argumentaciones. Para no estar aislado del mundo, il faut spikinglish. Sucede que el inglés es una suerte de esperanto consumado. Si el esperanto fue la lengua planificada, elaborada minuciosamente, que llegaría horizontal y democráticamente a imponerse como lengua global, el inglés es el paradigma de lo no planificado, de lo caótico y lo impuesto. Esa lengua que hablaban los bárbaros insulares y que modificaron y convirtieron en idioma “escribible” los romanos, a fuerza de espada y dominio, no tuvo planificación ni siquiera en su origen. Por eso tiene una fonética tan azarosa. Si el esperanto es lo planificado –ergo, lo derrotado en este siglo-, el inglés es símbolo de lo liberal: no se elige si no en virtud de una necesidad surgida de las asimetrías y los ritmos de la historia del capitalismo. Si el esperanto era la utopía de una lengua universal e igualadora, unificadora, el inglés es una lengua que marca las diferencias, divide y señala la desigualdad: es la lengua del dominador. Hablar inglés en el siglo XVI podía ser un acto de barbarie como no fuera para un inglés. Consumada la revolución industrial y el dominio imperial del globo por Gran Bretaña, establecida la delegación del rol dominante en los Estados Unidos en el siglo veinte, saber inglés tiene en estas tierras una importancia comparable a la que puede haber tenido para los pueblos originarios americanos aprender más temprano que tarde el idioma Castellano del dominador de ultramar. No me interesa tanto discutir la importancia que pueda tener; lo que puede discutirse es cuan festejable es el hecho.
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Política Británica en el Río de la Plata, de Raúl Scalabrini Ortiz. He aquí un libro que podrían leer con sumo provecho los niñitos que malgastan su tiempo aprendiendo inglés en las escuelas. Por supuesto, no sin antes aprender siete u ocho colores y el nombre de los animales en inglés, el past participle y alguna otra chuchería necesaria pero evidentemente – a la luz de los hechos- más fáciles de desmadejar que la historia de doscientos años de dominación directa o indirecta, Británica o Yanqui, sobre América Latina. Por qué no, algo de José María Rosa, Jauretche o la historia de Felipe Varela, por Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde. Se que gasto pólvora en chimangos, pero no es menos fútil mi intentona que la de las madres que mandan a sus hijos a estudiar inglés con el propósito de convertirlos en hombres de provecho y capacidad. El inglés no da eso. Sin embargo, en nuestro país debe haber casi tantas filiales de la Asociación Cultural Británica, dispersas en todo el territorio, como sucursales del Banco Nación. Mal no les debe ir.
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Dominación cultural. O penetración cultural (que viene a ser casi lo mismo –me apunta una camarada troska- en esta sociedad falocéntrica donde el que penetra, domina). De eso quería hablar: hasta que un día, en un instituto de inglés, una profesora apareció disfrazada de bruja festejando (¿?) Halloween (from now on: Jalogüin), eso era para mi apenas una festividad que solo se conmemoraba en los dibujitos animados, lo mismo que el Día de Acción de Gracias o el 4 de Julio. Un día, me vine a desayunar con que eso se podía festejar, al voceo de Trick or Treat. Desde ese día, vi como se imponían también el festejo de San Patricio o la pelotudez magna del día de San Valentín. Por eso, no deja de ser un interesante acto de soberanía cultural recuperar los carnavales como genuino festejo popular. Porque, de todas maneras, la gente va a salir a mamarse y, como dice un amigo, a intentar levantarse minas, en cualquier momento y con cualquier excusa. Mejor que sea una excusa nacional.
Pero sigo sin ir al carozo del asunto: el hecho consumado de que el inglés sea casi una necesidad educativa inevitable, tiene raíces profundas en la historia de nuestro país en relación a Gran Bretaña y los Estados Unidos. Historia no del todo feliz, diré yo. El reciente festejo del Día de la soberanía en San Pedro tuvo algo de eso: recordar la prepotencia Anglo-Francesa y la determinación heroica de unos cuantos criollos por evitar la intentona invasora (primero con barcos y cañones, luego con mercancías) de la Inglaterra Victoriana. En términos de historia a grandes trazos, eso importa más que la equívoca política Rosista en relación a las provincias o su federalismo porteñocéntrico, que en definitiva le valió la derrota de Caseros.
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Apostilla final y totalmente prescindible: levanten la mano los que estudiaron inglés desde chicos. Y levanten la mano los que, en esos cursos, leyeron “Rebelión en la granja (Animal Farm)”, de George Orwell. Hasta los tipos que no volvieron a incurrir jamás en la lectura, leyeron Animal Farm, por lo general, en inglés ¿Es azaroso que, de la profusa y riquísima literatura británica, los profesores de inglés elijan esta obra menor? ¿Justo esta obra, que satiriza y demoniza al socialismo y que festeja y reconoce como sistema social “más sano y honesto” al capitalismo liberal de cuño británico? No es conspirativo ni desquiciado imaginar que la elección de la obra no tiene nada de casual ni azaroso. Un sistema de dominación no da puntada sin hilo.

1 comentan por ahí:
Intenresante Mariano. Pensar que o en mi trabajo,lo hago más en inglés que en español.
Pensar, que muhos aspectos técnicos de mi trabajo, no se decirlos (o me trabo) en español.
Pensar que hasta la propia CFK, a veces dice palabras en inglés.
Y pensar, por último, que un tipo extremadamente racista, odiaba a los negros y amaba el rugby, era sudáfricano, y a vos y a mí, nos habló en inglés, en plena cordillera argentina....
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