miércoles, 5 de mayo de 2010

Néstor y la historia


En el tono bajo y plano que tiene la gente del altiplano, Evo Morales enarboló una frase que, por lo simple y por lo contundente, será recordada por siempre: “El secretario general de UNASUR es el primer presidente de Latinoamérica”. Tal vez suene a mucho, quizás parezca de una grandilocuencia impropia, pero vale la pena analizar, no lo que signifique hoy la existencia del secretariado, si no lo que puede significar para redefinir el futuro del continente de cara al recién nacido siglo 21, aquel que, finalmente, nos encontró unidos (aunque bastante tullidos).

Las naciones que se extienden al sur del Río Bravo son, en términos históricos, jovencitas. Nacieron de una mezcla de ideales independentistas -y latinoamericanistas- con mezquindades regionales y provincianas. Las oligarquías solo pensaron en los provechos que podían obtener del trato comercial con el inglés, y el ideal de San Martín, Bolívar y Artigas (por citar algunos de los más importantes) quedó sepultado bajo la marcha febril de las mercancías británicas que invadían el continente a cambio de nuestras provechosas materias primas. El siglo XIX se nos fue en eso: imitando modelos en forma defectuosa, exportando productos industrializados e importando productos manufacturados y roles impuestos desde afuera. Los ojos de América no estuvieron en América, una curiosa miopía permitía ver únicamente al otro lado del atlántico (y bastante mal, por cierto).

La crisis de 1930 terminó de desnudar las debilidades y la inviabilidad del modelo exportador de materias primas. Los países miraron hacia adentro, intentaron llevar adelante –algunos con más éxito que otros- desarrollos industriales, pero nunca pensaron en unirse, hasta la llegada de Perón a la presidencia Argentina. El general soñó una alianza entre el Brasil de Getulio Vargas –al que apoyó de todas las maneras posibles para que volviese a ser presidente- y el Chile de Carlos Ibáñez. Este proyecto se conoció como ABC; intentaba ser un espacio de solidaridad política y económica para el encuentro de la tercera posición a nivel continental, contra las pretensiones de “ambos imperialismos”. Desfasajes cronológicos, crisis políticas internas (suicidio de Vargas) y golpes proyanquis pusieron fin a la embrionaria experiencia. Luego vinieron los años más crudos de la guerra fría: la preponderancia obligatoria de los organismos financieros internacionales, la zanahoria de la Alianza para el progreso y el garrote de la doctrina de seguridad nacional. También existieron el ALALC (luego ALADI), el Mercado Común Centroamericano y el grupo Andino, moderados proyectos que naufragaron irremisiblemente. El órgano de discusión política fue la OEA, con la omnipotente presencia de los Estados Unidos sometiendo cualquier intento autónomo de unidad real.

Fueron décadas de zozobra hasta llegar a proyectos comerciales –como el MERCOSUR- que si bien no sacaban los pies del plato del dogma neoliberal, generaban siempre el recelo norteamericano. Por eso en 1995 se empezó a pensar en el ALCA, que era técnicamente una ampliación de los tratados de libre comercio que EEUU ya tenía con algunos países. El ALCA debía entrar en funcionamiento en 2005. Y durante la década del 90, el imperio no tenía demasiados motivos para apurarse ni para desconfiar de su aplicabilidad. Pero el siglo 21 no nos encontró dominados: en Mar del Plata terminó de hundirse la expectativa hegemónica de EEUU. Los acuerdos arancelarios regionales salieron fortalecidos, pero no eran más que alianzas comerciales.

La importancia de UNASUR es insoslayable: excediendo lo comercial, se trata de un espacio de articulación política para la definición de líneas regionales. Ha sido, sin duda, un amortiguador extraordinario para conflictos: la escalada entre Ecuador-Venezuela y Colombia, la intentona desestabilizadora en Bolivia. No pudo desviar el curso de los hechos en Honduras, pero la mayoría de sus integrantes –realmente diversos- condenan y desconocen la legitimidad de Porfirio Lobo. UNASUR es una fuente de estabilidad para la región. Acaso lo sea simplemente porque no incluye a la fuerza desestabilizadora por antonomasia: Estados Unidos.

No será la gran unidad total que soñara Bolívar ni alcanzará para borrar definitivamente las artificiales fronteras, pero es una realidad efectiva de autonomía y soberanía. Y Néstor Kirchner está allí, para la historia del continente: primer secretario general de la Unión de Naciones del Sur. No vale la pena dar demasiada importancia a las declaraciones de algunos opositores a los cuales la historia dejará atrás inevitablemente. El peronismo vuelve a estar en el centro de un proyecto ambicioso de unidad continental, entre iguales y con respeto por la diversidad ideológica. Un orgullo enorme debería habitarnos.



1 comentan por ahí:

Anónimo dijo...

Muy bueno como siempre. Te invito a mi nuevo, humilde, sencillo y desinteresado blog.
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