miércoles 28 de abril de 2010

Ingratos bufones

Abismalmente desgraciados, los bufones medievales eran seres condenados a la indignidad de hacer reír a los poderosos a costa de su propia ridiculización. Generalmente, se trataba de tullidos, enanos, jorobados o idiotas: personas cuyas posibilidades de supervivencia no podían pasar por el trabajo ordinario, entregados en edad temprana por sus padres al riente rey benefactor, que los acogía en su corte como objetos de divertimento. La disyuntiva de estos pobres malditos era la bufonería o la muerte; la supervivencia comportaba el sacrificio de todo orgullo. La recompensa a la permanente humillación del bufón consistía -en el mejor de los casos- en los restos de los banquetes, un techo para cobijarse, acaso una moneda arrojada en la cara cuando la humorada era buena. Viene a mi cabeza una imagen cinematográfica: el bufón agradeciendo la generosidad real o cortesana besando la mano de su benefactor y retirándose a sus oscuros aposentos. Allí, podemos imaginar, lloraba su tristeza y ahogaba sus sollozos silenciosos: la publicidad de sus lágrimas significaba su condena.

Los tiempos han cambiado, pero en esta modernidad tardía perdura la existencia de reyes que ostentan ínfulas de benefactores y cortesanos a los que hay que entretener y, naturalmente, se necesitan bufones a los cuales espetarle en la cara su condición de miserables, que respondan ridícula y rastreramente, y provoquen la risa de los aburridos. Grosería humillante como sucedáneo de la inteligencia que falta. Luego, el rey sabrá corresponder la degradación pagando con lo que le sobra: dinero. Círculo perfecto de opresión y gratitud, de afrenta y caridad ignominiosa.

Marcelo Tinelli es uno de los adorados reyes de nuestros tiempos. Exitoso, ganador, siempre vigente y nombrado; ostenta parejas sumas de dinero y poder, de influencia y capacidad de manipulación y extorsión. Ha hecho carrera como todo buen capanga: a los sopapos, mofándose de los idiotas. Tinelli explota desde hace tiempo la inagotable cantera de un sentido común vernáculo que equipara la burla y la tomada de pelo con inteligencia y viveza. No inventó nada -nunca inventó nada- pero convirtió un elemental vicio callejero en trampolín a la gran gloria. Hoy, desde su atalaya de éxito millonario, ostenta el siguiente lema: al triunfo se llega humillando giles y adornando giles con dádivas. Pero todo – aun esto – encuentra límites. Lo hace justamente allí donde el sentido no ha sido prostituido por la picadora de subjetividades que son los grandes medios de comunicación. En San Antonio de Apipé, Corrientes, una comunidad Guaraní fue víctima de la prepotencia jocosa del canalla millonario. Un oligofrénico como Matías Alé – cuyo mérito principal es la pertinacia de su orgullo reptante- se dio al juego de fingir ser un multimillonario Canadiense que venía a comprar las tierras y a desalojar a los pobladores. Acaso la idiotez proverbial del actor (¿?) fuese desconocida en aquel poblado sin luz, pero la prepotencia asoladora de los dólares sonaba a historia repetida para la comunidad – que hace unos meses había atravesado un trance similar por parte de empresarios coreanos no-en-joda- y la reacción fue de pánico, tentativas de organización, reclamos, búsqueda de respuestas en las autoridades. Luego de presionar y movilizarse en la desesperación urgente, alguien enunció la frase oprobiosa: era una jodita para Tinelli. La dádiva que retribuyese el sufrimiento sería una lancha, aparentemente imprescindible para la población, aunque parece que menos prioritaria para ellos que el sentido de la dignidad y la autoestima.

La comunidad Guaraní de Apipé está ofuscada, se siente herida, ofendida. Tinelli ha bromeado con esas cosas que no tienen chiste. Quizá cuando su lúcida mente de bromista concibió la jodita, Tinelli recordó las caras desconcertadas de los cientos de mapuches a los que desalojó de la Patagonia. Que lindo que fuera una joda, habrá pensado Marcelito, cuando veía a los pobres indios juntar sus pilchas para abandonar su terruño. Entonces esta idea le habrá sonado brillante: conocía las consecuencias.

Tinelli se ha repetido en su condición de burlón altanero y lo ha convertido en fórmula de su éxito. Degradando a los otros no ganó lo que le está vedado –el sentido ético- pero si mucho dinero. La comunidad de Apipé no quiso ser bufón de su reino televisivo. Es probable que esto le traiga al conductor estrella alguna consecuencia legal más cara que la lancha maculada de irrespeto que suponía que lo iba a convertir en benefactor. Es otra vileza de un prepotente sin escrúpulos; otra vez la misma cara, pero yendo a extremos que la honestidad marca no cruzar. Pero eso último nunca le ha importado al rey, que de tanto agraviar, ofender y mancillar, termina convirtiéndose él mismo en un bufón miserable que seguramente llora la soledad de su alma en oscuro rincón. La publicidad de las mismas podría acaso darle sus últimos puntos de rating.



3 comentan por ahí:

Roberto dijo...

Excelente el post Nano, solo no estoy de acuerdo con la ultima parte. Este tipo hace daño, no es un bufon, es un Hijo de Puta.
Saludos.
El vasco.

Dormidano dijo...

Ha dicho Ud. una gran verdad. Mucha gente confunde viveza con inteligencia. Esa confusión genera graves consecuencias. Ese ethos, esa hybris, es coherente con el tipo de sociedad en la que vivimos, regida por esos cantos de sirena del éxito que en Apipé no suenan por carencias estructurales varias. Por eso en Apipé pueden poner como debería ser los caballos delante del carro.

La Pampa Peronista dijo...

ano, exelente relato. Tengo la suerte conocer la Isla de Apipé, queda en frente a la ciudad de Ituzaingó Corrientes, lugar donde vive la familia de mi novia. hermoso lugar.

Sabes que en semana santa estuve ahñi, salí a pescar por el Apraná, por als orillas de Apipé y el tipo que me llevaba me dijo "Menem, hizo un tratado con Paraguay, le dio las aguas, es decir jurisdicción a cambio de las islas". Igualmente Apipé siempre fue Argentina.

Apip,e está unos 3 kilometros al sur de la represa de Yacireta. POr la mañana temprano escuchas ruidos y cuando pregunté que eran me dijeron "Son los monos". Es increible el lugar y su gente super humilde y amable.

Lo que le hizo el forro de Tinelli a esta gente no tiene perdón. Ni siqueira Luz permanente tienen y están a 2 o 3 km de la represa más grande de Argentina.

Un hijo de puta con todas las letras.