Una historia de dictaduras y violencias que tuvo a periodistas entre sus víctimas; una extrema fragilidad de los espacios de la palabra que fue muchas veces silenciada a garrotazos, hicieron que desde el retorno de la democracia, una parte de la sociedad –entre la que me incluyo- tuviera a la libertad de expresión como un valor fundamental y caro. Las víctimas de la dictadura fueron algunos periodistas –los que intentaron revelar el horror- y la libertad de expresión. Sin embargo, hubo periodismo. De hecho, la mayoría de las grandes empresas mediáticas funcionó durante la dictadura, al obvio precio del alineamiento con las directivas castrenses. Es una realidad innegable, que solo pudo ser olvidada por las férreas intenciones de autoindulto que gran parte de la sociedad civil se dio. La discusión no pasa por ahí: si a alguien le pesa la evidencia, tendrá que resolverlo con su analista.
El nudo cuyo deshacerse dispara las tensiones actuales es otro: es el cuestionamiento de la posición y ubicación relativa del periodismo en la realidad. Es la inquisición –intelectual, si es necesario aclararlo - sobre los inquisidores; el descubrimiento del rol de parte involucrada en aquellos que se rotulaban a si mismos como jueces. El periodismo visto como espacio de poder actuante y con capacidad de modificar la realidad. Como si en un radioteatro
–verbigracia: la realidad- nos diésemos cuenta que el relator alienta los celos del ultrajado, enamora a la heroína, cultiva relaciones con el héroe o con el villano. Ver que el árbitro va a cabecear el corner. En definitiva: periodismo a la vieja usanza, informando, que es como decir dando forma. Esa es la trama oculta cuya desnudez resulta acaso impúdica. Y la que despierta furias en los involucrados.
Un ejemplo: Magdalena Ruiz Guiñazú es interpelada por un notero de “Duro de domar” luego de que ayer hiciese una denuncia ante la comisión de libertad de expresión de la legislatura porque dicen tener miedo por el futuro de la libertad de expresión y la seguridad de los periodistas; su respuesta al colega es un suave empujón, un gesto verdaderamente crispado y un categórico “¿De donde sos, a ver? No me jodas más, basta”. Imaginemos hasta donde se hubiesen llevado las acusaciones si esta intempestiva respuesta hubiera provenido de un trajeado funcionario público o de un oscuro sindicalista ataviado en una coriácea campera negra. Pero es ella: la defensora del debate plural, quien vomita diariamente lecciones de respeto por la palabra, la que ningunea a su colega. En realidad, lo excluye, lo pone en una vereda opuesta, lo expulsa del palacio de cristal de la prensa libre argentina. Es cierto que exponer ante alguien con el más mínimo sentido crítico y con afán de repreguntar acerca de la absurda ponencia que hicieron ante los legisladores hubiese importado hacer el ridículo, pero era preferible.
El monolítico atalaya sobre el que se elevaban hizo crack y se fueron de trompa al suelo. Hoy estamos todos en el mismo lodo manoseados. Era hora, los estábamos esperando.

1 comentan por ahí:
Estaría bueno que Mierdalena explique cómo fue que la enganchó el corralito de la banca off-shore de Islandia con casi 7 millones de coronas:
http://file.wikileaks.org/file/kaupthing-claims.pdf
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