Marcela y Felipe Noble son víctimas del terrorismo de Estado. Deben estar atravesando una terrible situación, en la que nadie quisiera estar involucrado: no solo se enfrentan al abismo de un pasado mutilado, desgarrador, si no que además lo hacen desde el centro del poder estructural en la Argentina: el emporio Clarín. No debería sorprender a nadie que no tengan fuerzas o intenciones de enfrentar ese pasado. Las presiones deben ser tremendas: desafiar ese muro psicológico, por el que han tenido que atravesar todos los nietos que recuperaron su identidad, debe ser muchísimo más difícil para ellos que para nadie, pues implica romper lanzas con una de las organizaciones más nefasta, coercitiva y cruel del país. Si Clarín ha hecho tanto daño en las conciencias de tanta gente, cuanto más puede haber lastimado la conciencia de estos pibes, criados en un hogar de apropiadores y cómplices de los asesinos, rodeados de un discurso pro militar y anti popular. La desbocada acusación pintorezca de algunos, reclamando que “devuelvan a los nenes”, corre totalmente el eje de la discusión: lo que importa es que la familia biológica conozca donde están sus nietos, que ellos recuperen su identidad y que la impunidad de los poderosos que acompañaron el genocidio se termine. El resto es boqueada patética: devolvé los pibes ¿Qué les pasa? ¿Ahora los arrebatadores somos nosotros? Los chicos, tarde o temprano, conocerán su identidad. Con ella, tendrán que decidir, dentro de los márgenes de libertad que en su conciencia todavía existan, que hacen, si quieren profundizar en esa libertad o si prefieren sobrellevar su desgracia personal dentro del hogar que les arrebató la vida de sus padres y su propio destino. Nosotros somos convidados de piedra. Lo único que podemos reclamar es que se sepa la verdad, que la sepamos todos, pero no podemos arrogarnos el derecho de decir que se debe hacer con esa verdad. El desprecio por Clarín y por su dueña, el daño que han hecho, no nos habilita para dilapidar nuestros principios ni para convertirlos nuevamente en un botín de confrontaciones políticas. Las víctimas siguen siendo ellos, mal hace el que lo olvida.
A principio de año vislumbrábamos un acontecer peludo: crisis internacional, oposición desbocada, la patota gaucha todavía con viento en la camiseta y, sobre todo, la mediocracia dispuesta a ir por todo. Este año pudo haber sido el del golpe; a eso apostaban muchos: no llega a 2010, se cae – decían, cuando debían decir “la tiramos.
Los gurúes de la city, los sabios, los neutrales e inmaculados economistas, los periodistas especializados y los charlatanes: todos coincidían en que íbamos derecho al quinto infierno. Se deprimía el consumo, caíamos en default, volvían los patacones, los quebracho, los lecop, el ajuste era el único camino. Se venía el ventarrón de proa… pero no. Comparado con lo que pasó en otros países, lo nuestro fue apenas una brisa. Los genios que todo lo sabían no se preocuparon por aclarar porque la pifiaron. Ni siquiera un pedidito de disculpas ¿La gilada se terminará de dar cuenta algún día que la mayoría de estos opinadores desfachatados son operadores políticos, que no expresan sus impresiones y proyecciones, si no sus deseos e intenciones?
Néstor les jugó una carta que en principio pareció más importante de lo que fue: adelanto de las elecciones. Octubre parecía demasiado lejos. Jugamos todo o nada en una elección con testimoniales y fiasco. El 28 de Junio debe haber sido el día más triste de mis días políticos: hoy creo recordar que lloré. Si, seguro que lloré. Macri hacía un saltito raro, totalmente gorilezco (en términos zoológicos), golpeándose los muslos con las manos y yendo de lado a lado sobre un escenario, gritando desaforadamente. Se agitaban banderas… ¿amarillas? ¿rojas? Ya ni me acuerdo. Me acuerdo que los imitadores bailaban en la tarima con Mauri y el Colorado. Sentí que nada tenía sentido: ese día fue el de la derrota de la política, que parecía –sólo parecía- muerta.
Entonces, del barro negro de la densa derrota, emergió la sempiterna vocación popular por la batalla política. La ley de servicios de comunicación audiovisual fue un puntinazo reo al hormiguero del statu quo. Aliverti se había atrevido a firmar el acta de defunción del proyecto luego de la derrota del 28. El grueso Lanata chicaneaba a Aníbal (¡nada menos que a Aníbal!) con el argumento de que el proyecto no iba a entrar al congreso. Sin embargo, la voluntad política de un gobierno que entiende que detenerse es retroceder puso el asunto sobre la mesa, movilizando a amplios sectores de la sociedad activa (la que vale en términos políticos) y dejando a los cultores de la nada cualunquista sin margen para nada que no fuese el pataleo, la diatriba y el escándalo.
Más tarde, la medida política más importante de la democracia desde el juicio a los genocidas: la asignación por hijo para los sectores más vulnerables de la sociedad. El sapo más intragable para una oposición paupérrima que se había animado a coquetear con la idea pero que se opuso cuando esta fue posibilidad concreta. Para colmo, con la plata de la ANSES, aquella que se agigantó cuando se recuperaron los fondos de las AFJP, medida que los gorilas resistieron con vocación rastrera.
¿Qué más? Del otro lado: Carrió expectorando su asco, su odio, su pedorreo cerebral. Los hijos de Ernestina eran sus hijos: nunca vi una apología tan grosera del delito más aberrante de la dictadura; defensa de los apropiadores. Macri haciéndose una enema con su policía condecoradísimo (triunfo de la militancia), la USSEP, el impedimento del matrimonio gay, el mamarracho de Posse (segundo triunfo militante).¿Qué más? El imbécil sudoríparo de Facho Castaña vomitando zafarranchos verbales. Mirtha Legrand en una cotidiana mostración de gorilismo senil. Susana Giménez pidiendo bala y sugiriendo que se impida que se viaje de a dos en moto. Tinelli: sin palabras.
El año que viene no puede ser más difícil. Ya se, el congreso, ya se. Pero los pronósticos económicos parecen agoreros: cosecha record, reactivación (viento de cola, dirán después). Y el escenario político sigue teniendo su constante de años: una superioridad notoria en capacidad y coraje político de parte del oficialismo respecto de una oposición atomizada y patética. Payasesca. Desgastada. Decepcionante.
Pronóstico del moscardón: en 2010 la siguen chupando.
Mordaz como siempre, sostiene que Macri es “un hombre teledirigido”, que la Ciudad es un laboratorio de fuerzas sin proyección nacional y que los K desafiaron poderes “sin una construcción política sólida”.
Por Martín Rodríguez
Horacio Verbitsky produce pánico en todo político citado en su columna dominical de Página/12. Uno imagina al político en cuestión, en el living o quincho de su casa, suspirando si esa cita lo deja más o menos bien parado. Verbitsky es uno de los columnistas más lúcidos e ideológicamente claros de la prensa argentina. Su yeite de hacer públicos los nombres completos o las genealogías familiares de los políticos (“yo sé todo de vos”) también cuaja en un modo más profundo de ver la política: una trama sanguínea de corporaciones (Iglesia, familias, grandes propietarios) a la que el periodismo debe hacer pública. Verbitsky también es un dirigente de los derechos humanos hace años, y sobre esa historia de sangre derramada ancla sus valoraciones más visibles acerca de la política y los políticos. Hablamos con él de predicciones y balances de cara a un 2011 cada vez más teñido de esoterismo.
–¿Por qué Macri llega al poder?
–En primer lugar, porque hay un hartazgo manifiesto hacia los gobiernos pretendidamente progresistas como el de Ibarra y Telerman. Frente a eso, surge Macri como una oferta de populismo conservador, con un proyecto muy bien pensado, con mucha antelación. Macri decidió comenzar su carrera política en 2002. Viajó con De Narváez y Burzaco a Estados Unidos. Ahí se reunieron con Arturo Valenzuela y crearon una fundación que manejaba De Narváez. Previamente, Macri había programado su lanzamiento político a través de la presidencia de un club de fútbol, siguiendo el modelo Berlusconi. Macri es Maurizzio Macri, todas sus referencias políticas son de Italia, donde su abuelo fue un dirigente político importante.
–¿Un dirigente de dónde?
–El abuelo de Macri creó un partido que se llamaba Partido del Homo Qualunque, que quiere decir el “partido del hombre cualquiera”. Y es una expresión que hasta hoy se usa en la política italiana: el qualunquismo. Digamos: el razonamiento de Radio 10. Fue un partido importante en los primeros años de la posguerra, en el reagrupamiento de las fuerzas que habían sido fascistas antes, hasta que con apoyo de Estados Unidos surgió la Democracia Cristiana como alternativa. Pero en los primeros años de posguerra fue un partido que llegó a ser árbitro de la política italiana. Ése es el abuelo de Macri, padre de Franco. Entonces, su referencia es Berlusconi. Y su desempeño como presidente de un club muy popular es parte de su lanzamiento político, sumado al desencanto por las gestiones pseudoprogresistas. Y en un electorado que ha mostrado unas veleidades notables… Ésta es la ciudad donde gana Alfredo Palacios y Erman González. Bandeos de derecha a izquierda casi siempre, eludiendo a las grandes fuerzas nacionales; un “laboratorio de terceras fuerzas” que después, rara vez, han tenido viabilidad nacional.
–¿Macri tiene potencialidad como para liderar por derecha al peronismo?
–Me parece que es demasiado ignorante y torpe para eso. Es lo que él quisiera, obviamente. Digamos, la gran discusión ideológica dentro del macrismo, o táctica, que para ellos no tiene diferencia, ha sido cómo relacionarse con el peronismo. Jorge Macri planteaba que había que profundizar la alianza con Solá en la provincia y tener una política proactiva hacia el peronismo. En cambio, los consiglieris de Macri –Caputo y Torello– planteaban que había que esperar que el peronismo viniera a buscarlos. Un peronismo sin candidato, destruido, y del cual Macri, desde afuera, iba a ser su candidato. Eso revela un escaso conocimiento del peronismo y un sobredimensionamiento de la personalidad de Macri, que no es una gran figura para que alguien vaya a buscar.
–Hace poco Montenegro contaba que, en una audiencia en la Legislatura, Marcelo Saín miró hacia donde estaba Ibarra y le dijo: “¡Ustedes tendrían que haber hecho esta policía!”. ¿Una verdadera política progresista, a la luz del crimen de Carballo, asesinado por la Federal en un recital de Viejas Locas, no era crear una policía?
–Sí, por supuesto. Lo que pasa es que Macri es incapaz de hacerlo. Su idea de la Policía Metropolitana fue pedirle un candidato a la DEA, el Fino Palacios. Eso lo dijo Macri. Cuando él explica por qué lo designa, dice que le pide un candidato a la DEA, a la embajada de Estados Unidos y de Israel. Esto califica perfectamente quién es Macri: un hombre absolutamente teledirigido, dispuesto a cero gesto de autonomía. Digo: que Palacios haya caído en la trama de las escuchas es un dato menor y accesorio, el dato central es que Macri, cuando creó la Policía Metropolitana, fue a pedirle un jefe a la DEA y a la embajada de Israel. Y, por otro lado, están tratando de crear un cuerpo de elite, cuando ellos lo que tienen son faltas municipales y delitos menores. Es decir, una cosa es la idea de encarar el tema de la seguridad, crear una policía, lo que presuntamente le habría dicho Saín al “ladriprogresismo”, como le dice Artemio López. Ahora, armar este monstruo que empezó Macri es una prueba de absoluta incapacidad.
–¿Qué piensa de la estrella de Pino Solanas y la cantidad de votos que consiguió? ¿Y cuál sería la proyección de un progresismo en la Ciudad?
–Ahí hay una contradicción. A mí me resulta difícil imaginar un gobierno progresista en la Ciudad desvinculado a un proyecto nacional. Y al mismo tiempo es evidente que el proyecto de Kirchner tiene un alto grado de rechazo en la Ciudad: es una ecuación de resolución imposible. Vamos a ver cómo se va a mover Proyecto Sur. Si Solanas cree que el 27 por ciento que sacó es suyo, va a ser como Carrió, que creyó que el 22 por ciento de las presidenciales de 2007 eran para ella y terminó saliendo tercera en la Ciudad. Si entiende que fue la oferta más atractiva cuando había un fuerte rechazo al Gobierno nacional en la Ciudad y que se le sumaron votos de distintos sectores, incluyendo la derecha que quería cascotear al Gobierno nacional, y hace una política que no gire en torno de su personalidad, y amplía alianzas y consolida una fuerza, tiene posibilidades.
–En lo nacional, ¿qué pasó el 28 de junio? ¿El kirchnerismo dejó de interpretar a la sociedad?
–No, no creo que haya dejado de interpretar a la sociedad, creo que afectó demasiados intereses poderosos sin tener una base de sustentación proporcionalmente fuerte. Desafió a demasiados poderes sin una construcción política sólida, porque si tenés a Scioli como gobernador de Buenos Aires, tu construcción política es endeble; si estás recostado en el Partido Justicialista como lugar excluyente de acumulación política, estás en dificultades para hacer el tipo de política que Cristina hizo. Creo que han ido más a fondo que cualquier otro gobierno en medio siglo, han afectado intereses muy poderosos.
–¿Y no es entendible que la sociedad, justamente, no quiera eso, que es más conservadora y está a la derecha del gobierno?
–Mirá, la sociedad no existe, lo que existen son fuerzas políticas, sectores sociales, la sociedad es una abstracción, eso de que “la sociedad quiere, la sociedad no quiere”… Por ejemplo, en el caso de la Ley de Medios, hubo una estructuración política y una articulación social que respaldaron y permitieron su sanción, que en otro tipo de medidas no hubo. El kirchnerismo implicó un corte neto con una cantidad de decisiones políticas y económicas, pero no en cuanto al funcionamiento de la organización que lo respalda. El hecho de que Miguel Pichetto sea el presidente del bloque del Senado, uno lo recuerda de los tiempos de Menem, de Manzano… No lo digo por cuestionarlo, me parece que Pichetto ha sido un buen presidente de bloque, pero es una demostración de la escasez de construcción política distinta.
–Mi percepción es: una medida de un consenso indiscutido como es la asignación universal es casi resuelta en 10 minutos, con un decreto y un discurso no muy entusiasmado.
–El déficit de la construcción política consiste en eso. Una medida como esa por la cual hay sectores de la sociedad que están luchando hace 15 años, que tiene un impacto económico y social fuertísimo, anunciada de esa manera es un buen ejemplo de lo que estoy diciendo: de un déficit de construcción política y de la audacia de decisiones.
–Pero otras medidas confrontativas que no arrastran tanto consenso como las retenciones, se ponen en discusión, y una medida como la universalización, que serían “los fines distributivos”, no se discute del mismo modo.
–Eso tiene que ver con que las retenciones son una medida que implica una imposición directa sobre un sector poderoso. La asignación en cambio se paga con fondos recaudados de distintos orígenes, de distintos impuestos. No implica una confrontación con un sector que se agarra el bolsillo y dice “esto es mío”. Lo que pasó con la 125 no fue porque el Gobierno lo programó así, sino por la virulencia de la respuesta de la Sociedad Rural y sus aliados. El Gobierno lo hizo en términos parecidos a lo de la asignación. Ni siquiera un decreto, fue una resolución ministerial. Lo que pasa es que hubo una reacción fenomenal frente a la cual se movió con cierta dificultad, y puso en evidencia también ahí la endeblez de la construcción política. Porque le votó en contra Solá, Reutemann, Urquía, Cobos. Cuatro alianzas fuertes del kirchnerismo. O en Córdoba, por ejemplo, que en la elección de gobernador de 2007 el gobierno jugó a dos puntas: apoyó a Schiaretti a través de Jaime y De Vido, y a Luis Juez a través de Alberto Fernández. Cuando creés que todo suma, todo resta. Y hoy día tiene adversarios muy fuertes, tanto en Schiaretti como en Juez.
–Fogwill decía, en una entrevista reciente, “Macri ya fue”. ¿Usted qué 2011 imagina?
–Y sí, Macri ya fue porque es demasiado ignorante. La designación de Abel Parentini Posse como ministro de Educación es fruto de la ignorancia (NdR.: presentó su renuncia al cierre de esta edición). No tenía idea de la reacción que iba a provocar esa designación. Macri lo conocía de las columnas de La Nación, esa prosa rebuscada, pretenciosa, antigua, de Posse, que les encanta a algunas señoras y coroneles que conozco. Seguramente Macri leía esas columnas y le pareció buena idea. Además Posse está en todos estos movimientos de la derecha internacional, de Vargas Llosa, Aznar. Ahí seguramente hubo un contacto que los acercó. Y como nadie razonable quería aceptar, bueno, se les ocurrió esto. Hay un dato: en las elecciones del 28 de junio, Macri perdió el mismo porcentaje de votos que Kirchner. Los dos cayeron de 45 a 30 por ciento. La diferencia es que no hubo alguien que sacara más que Macri, Pino se quedó en el veintipico. Por eso queda en la memoria que Kirchner perdió. Pero Macri no tiene posibilidades presidenciales. Cobos tiene alguna. Pero, primero, no le va a ser simple llegar al gobierno. Y segundo, si llega no puede gobernar. Como no pueden Duhalde ni Reutemann.
–¿Y por qué no pueden?
–Porque un gobierno debería construir su base a partir de algo recibido de la gestión anterior. Estos vienen con una pretensión de tierra arrasada. Plantean propuestas que sólo cierran con represión en este contexto. Políticas de ajuste. Énfasis en la seguridad. Orden, disciplina. Acuerdo con las cámaras patronales agropecuarias. Duhalde se pasa chupándole las medias al poder económico concentrado. Con su movimiento productivo está todo el tiempo prometiéndoles devolverles ventajas que les han quitado. Todo eso sirve en un panorama electoral, en un contexto de barrida mediática contra el Gobierno, pero no sirve para gobernar. Imaginá una tapa de Clarín que diga que la crisis cobró otras dos víctimas. Duhalde se tuvo que ir igual. Por eso 2011 es interesante, pero 2012 es más interesante.
–A ver si entiendo: Kirchner patenta la gobernabilidad de esta década con paritarias, no represión a la protesta social, incorporación de las organizaciones sociales al aparato estatal…
–Desmontar ese esquema implica volver a uno de ajuste y represión. Y en eso no hay diferencias entre Cobos, Duhalde y Macri. Sólo que Macri se estrellaría más rápido, porque es más tonto. Pero mirá, acá hay un pacto tácito que se extiende del 83 a 2003: “Yo te dejo gobernar, y no vas a tener más golpes de Estado, si no tocás mis intereses económicos. Tu rol como político es hacer políticamente viable la política de ajuste establecida en el consenso de Washington”. Ese pacto se rompió en 2001, lo que pasa es que Duhalde trató de recrearlo, pero era ya un parche insostenible. Llega Kirchner, un desconocido de una provincia periférica, y rompe el pacto. Kirchner establece un pacto con sus votantes, no con los poderes establecidos. Y eso es lo que Valenzuela denuncia como inseguridad jurídica: que hay directores estatales en las empresas que tenían obligaciones negociables en las AFJP, controlando la inversión de los jubilados en esas empresas, que no autorizan aumentos de tarifas. Eso se denuncia porque pretenden resarcirse de las pérdidas que tuvieron por la devaluación, tras la quiebra del Estado. Lo que no hay hoy es una pata militar. Y no hay, también, por las políticas de Kirchner, porque en 2001 de nuevo estaban ahí, fragoteando, no para dar un golpe pero sí para participar en las decisiones. Presionando a la Corte Suprema para que cerrara los juicios. Planteando, vía Jaunarena, la fusión de Defensa con Seguridad, lo que yo describo “la pirámide verde-azul”, la seguridad y la defensa como un continuo indeferenciado donde hay una base azul y una cúspide verde, el proyecto de Duhalde que frenó Juanjo Álvarez (dijo que él renunciaba si hacían eso). Llega Kirchner y respalda el avance de los juicios de lesa humanidad, que Duhalde estaba saboteando, y descabeza la cúpula militar que pretendía volver a viejas prácticas. Hoy falta la pata militar porque los militares han aprendido muchas cosas y porque hubo una conducción civil firme como no hubo desde 1983 o como no hubo nunca en la historia argentina.
(NOTA PUBLICADA ORIGINALMENTE EN EL SEMANARIO NOTICIAS URBANAS Nº 220, DEL 23/12/09).
Cuando Posse -a quien vemos flanqueado por Tachu y Marrón, referentes del masivo MPA- asumió en el ministerio de Educación Macrista, el mismo día que expectoraba el dislate reaccionario más jugoso de los últimos tiempos en el diario "La Nazión", muchos entendimos que era una señal de Maurizio indicativa de una rúbrica en el derrotero del fascismo declarado; una señal a la derecha reaccionaria, a ese residuo social nostálgico de la dictadura, a ese remanente de ideología jurásica que todavía nos sorprende con la vigencia de su espíritu medieval y su lóbrego intelecto. Es cierto que, para un gobierno que recorta el presupuesto para educación pública y que aumenta las asignaciones a escuelas privadas y que además utilizó el ministerio de Educación como una cueva de espías, la señal era coherente; indicativa del desprecio que tienen por la educación popular (por la educación y por lo popular). Creo que Maurizio y su ultra fashionablethink tank -sucedáneo paupérrimo de la estructura política- no entienden que esta sociedad que no termina de cuajar sus preferencias en torno de un proyecto popular, que se muestra anárquica y reactiva a ultranza cuando se la atemoriza o se la bombardea informativamente, no por eso es fascista ni quiere retornar al pasado. Para los que estamos lejos de la Capital -y que sin embargo la vemos como un terreno en el cual se juega gran parte del destino del país- tener un termómetro de la situación era difícil: los medios hegemónicos se encargaron de minimizar el escándalo. No obstante, a través de facebook pude tener una idea de lo que estaba pasando: el grupo "Abel Posse no puede ser ministro de Educación", al que me invitaron hace unos días, alcanzó los 30000 integrantes con una velocidad asombrosa. Había de todo: desde progres anti-K a Kirchneristas militantes, pasando por rockeros indignados y gilazos que creían que Posse era ministro de Kirchner. Había bronca, intercambio de información y cruce de opiniones. Se veía la potencialidad de las redes sociales como canales de acción política (con todas sus limitaciones, claro, en especial el universo reducido y de clase media-alta).
Macri ha sumado otra derrota para la cual ha hecho todo lo posible. Las similitudes con el caso Palacios son asombrosas, desde el comienzo hasta el final: ambos llegaron con una pesadísima carga de pasado sobre sus espaldas, con una fuerte identificación fascista, anunciados por Macri como "los más capaces, condecorados y llenos de pergaminos", y terminaron siendo un lastre que contribuyó un poquito más al caos Macrista en la ciudad y al hundimiento de la imagen PRO.
Sin lugar a dudas, aquella imagen de derecha descafeinada que Macri supo tener en un principio rinde más dividendos que este rescate de fantasmas fascistas del arcón del nunca más.
El fracaso de la cumbre de Copenhague era esperable. Solo una ingenuidad muy grande puede sostener que los lideres de las economías más importantes puedan acordar algo que vaya minimamente en contra de sus intereses lucrativos, aunque para lograr estos últimos tengan que acabar con la vida de millones.
¿Los países que gastan miles de millones de dólares en armas de destrucción masiva, pueden preocuparse sinceramente por la salud del planeta y del hombre? La respuesta es obvia: esto es el capitalismo.
Escuchalo a Huguito, que te canta la posta. ( Si querés leerlo, acá)
Cuando la iglesia se involucra en una cruzada política o social, jamás lo hace en una discusión abierta, con las armas de la argumentación, intentando sopesar su dogma con el o los antagónicos. No es su estilo: cuando se tiene a Dios como ladero, no hay razón terrenal que pueda oponerse. Por el contrario, la Iglesia católica siempre intentará imponer sus posiciones desde la cima del poder, a partir de la transa con el estado o las corporaciones económicas, para luego agitar los prejuicios de la sociedad a favor de su causa. Prejuicios que además existen en el “sentido común” argentino en gran medida gracias a la influencia radical de la iglesia en nuestra conciencia social, con su naturalización de la segregación, intolerancia, persecución del diferente y misticismo.
Nadie discute con la Iglesia la legitimidad del aborto: la Iglesia opera, acciona sobre los miedos, presiona sobre las cúpulas, moviliza a sus fieles y a sus cruzados laicos. Mucho menos se discute el tema de la educación sexual y los métodos anticonceptivos, pues la concepción eclesiástica es tan retrógrada –medieval, recuérdenlo siempre: la iglesia añora el medioevo- que la discusión sería imposible. Conceptos como “banalización del sexo”, “estimulación de conductas promiscuas y de la precocidad sexual” y paparruchadas por el estilo, son insostenibles sin cierta vergüenza por casi todos, a no ser que uno sea un verdadero templario del oscurantismo.
La legitimidad del casamiento gay parece haber ganado aceptación en la conciencia de la mayoría de la sociedad argentina. Así se lo sopló a Macri un asesor munido de encuestas, por lo cual Maurizio decidió dejarla pasar para que fuese una jueza la que bochara la posibilidad de que dos pibes se casaran en Buenos Aires. Dicha aceptación social no surge únicamente por la acción militante de los organismos por los derechos de lesbianas y gays, sino también porque se entiende que hay derechos que son cotidianamente conculcados por un sistema legal que no asume los cambios sociales que la historia genera: hay que tener el corazón de piedra y la razón de estopa para no entender que cualquiera tiene derecho a unirse legalmente –con derechos y obligaciones- a la persona que ama. Los ejemplos son elementales: derecho a cobrar una pensión, a una herencia ante la muerte del compañero o la compañera de vida, o al simple hecho de ser considerados familiar del ser amado. Estamos hablando de la persona más amada: la pareja ¿Cómo privarla de los derechos más elementales a los que cualquier hijo de vecino, por más canalla que sea, se hace acreedor con el solo hecho de perpetrar un casamiento heterosexual?
Sin embargo, cuando surge la discusión acerca del derecho a la paternidad o maternidad por parte de los homosexuales, los prejuicios son mucho más profundos y filosos. Al fin y al cabo, se piensa, los homosexuales tienen derecho a hacer de su vida lo que quieran (de su culo un pito, se suele decir, en una frase llena de prejuicios que pretende expresar tolerancia), pero no tienen derecho a “afectar” la vida de un niño. Tal opinión encierra la cara más cruda de la segregación y la discriminación, pues demuestra que para mucha gente la homosexualidad sigue siendo una anormalidad –tolerable, en el mejor de los casos- pero no una elección sexual tan valida como la del heterosexual. ¿Cómo serán los hijos de un hogar homosexual? ¿Serán normales? Esa es la pregunta que desvela las mentes llenas de prejuicios de la argentinidad vigilante y su subjetividad colonizada por la intolerancia católica. También es en cierta medida una excusa para esconder sus prejuicios elementales y disfrazarlos de preocupación por el otro. Pobre niño hijo de gay, pobre niña hija de lesbiana… mirá si sale gay.
Cuando Macri se hizo el piola y dejó que el veto al casamiento entre dos pibes lo pusiera una jueza, el Cardenal Bergoglio, junto con Gabriela Michetti,se mostraron decepcionados: hubiesen preferido un gesto vehementemente homofóbico de parte de Maurizio. Con eso no se juega. Para Bergoglio y el integrismo nacionalista católico, el derecho a paternidad y maternidad por parte de homosexuales es una aberración contranatura. Lo curioso es que nuestra sociedad todavía pueda considerar válidas las opiniones de una institución que considera que el celibato es una conducta normal y recomendable ¿Qué puede saber Bergoglio del amor?
En un tiempo tan reciente como el año 1059, la Iglesia católica decidió excomulgar a todo aquel sacerdote que no repudiara a su esposa. Allí se estableció que los religiosos no podían contraer matrimonio, pues tal cosa constituía una intolerable herejía.Esto se reafirmó en 1123 –concilio de Letrán- y más firme y definitivamente en 1545 –concilio de Trento. A lo largo de la historia eclesiástica no han faltado quienes intentaron terminar con esta conducta aberrante, que además suele ser violada sistemáticamente, pero la Iglesia sigue prendida a sus tiempos de gloria medieval y para ella nada ha cambiado.
Hace poco tiempo me enteré que mi mujer está embarazada, y desde entonces vivo en la felicidad más grande. Esto puede no ser un argumento, pero quien haya vivido la alegría de la paternidad, no puede privársela a nadie sin ser un canalla. Me pregunto que puede entender Bergoglio, con su sexualidad reprimida en oscurantismo medieval, acerca de la felicidad de la paternidad.
La visita del nuevo encargado para América latina del Departamento de Estado, Arturo Valenzuela, un profesor universitario de origen chileno relacionado con la derecha del Partido Demócrata, dejó sabor a poco o nada para los que esperaban un cambio en la política del país del Norte hacia América latina. El viaje del subsecretario estuvo precedido el viernes por un fuerte discurso de Hillary Clinton, la jefa del Departamento de Estado y jefa de Valenzuela, con advertencias a los países de la región que se relacionen con Irán. Aludió directamente a Bolivia y Venezuela, pero omitió a Brasil. En Brasil, Valenzuela no fue recibido por el presidente Lula ni por el canciller José Amorim, sino por el asesor en política exterior de la presidencia, Marco Aurelio Garcia. Valenzuela es amigo personal del ex presidente y dirigente opositor Fernando Henrique Cardoso, pero no se reunió con él en esta oportunidad. En Argentina, las cosas fueron algo diferentes. El protocolo no prevé en ningún país que un subsecretario extranjero tenga la obligación de ser recibido con el presidente del país anfitrión, a no ser que éste así lo decida. Ni Lula ni Cristina se reunieron con Valenzuela. En nuestro país, el Gobierno resolvió que la entrevista oficial fuera el martes con el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández. Por eso, el encuentro que mantuvo Valenzuela con el vicepresidente Julio Cobos tiene un cariz más delicado que puede sugerir un desplante al Gobierno tanto de Cobos como de Valenzuela y, en el caso de este último, más grave aún porque implica una intervención poco transparente en la política interna de la Argentina. La situación de Cobos es delicada y una de las más complejas de la política nacional. Valenzuela podría aparecer como cómplice de la anomalía institucional que implica que el vicepresidente también sea uno de los dirigentes de la oposición. Se trata de una parte poco diplomática de la agenda del visitante, que termina por hacerle un flaco favor a la institucionalidad del país. Pero sus declaraciones posteriores profundizaron el malestar en ese plano. La alusión a la “inseguridad jurídica”, que apunta a los planteos de la empresa Kraft porque el Estado la obligó a reincorporar despedidos o a Torneos y Competencias por la televisación del fútbol, y la ley de servicios audiovisuales, pusieron de manifiesto el contenido regresivo que sigue teniendo la diplomacia norteamericana para la región. La frutilla del postre la puso cuando afirmó que los empresarios norteamericanos en la Argentina tienen nostalgia por 1996, el año de oro del menemismo y el neoliberalismo, la fiesta más cara de los ricos que llevó al desastre del 2001-2002. Después del drama de miseria, desempleo y destrucción de la economía que significó para los argentinos la década menemista con su complemento aliancista, las declaraciones de Valenzuela, en nombre de los empresarios norteamericanos o de lo que fuera, sumadas a su reunión con el vice por fuera de la agenda institucional, dejan un sabor a sopapo y golpe bajo, que muchos no esperaban de un funcionario de Obama. En otro momento nadie hubiera dudado de que Cobos había recibido un guiño obvio del gobierno norteamericano. Es cierto que se reunió con otros dirigentes de la oposición, como Francisco de Narváez y Mauricio Macri. Pero el encuentro con Cobos implicó un compromiso más alto porque para hacerlo debió transgredir premisas muy básicas de la diplomacia. Esta visita también se dio en un contexto donde la mayoría de los países de la región se oponen a la instalación de bases norteamericanas en Colombia y critican la posición del gobierno norteamericano en Honduras, donde reconoció las elecciones celebradas por los golpistas que derrocaron al presidente Manuel Zelaya. Justamente los países del Mercosur, que forman parte de la gira de Valenzuela, acaban de suscribir en Montevideo una declaración conjunta, impulsada por Argentina, que desconoce el resultado de las elecciones en Honduras y pide la restitución de Zelaya. En las reuniones que Valenzuela mantuvo en Brasil y Argentina, surgieron las diferencias en estos temas. Si la política de Obama para la región se define como hasta ahora por instalar bases norteamericanas en el corazón de Sudamérica, en cierta concesividad hacia los golpes derechistas y dureza contra gobiernos como los de Venezuela y Bolivia, lo lógico sería que desarrolle al mismo tiempo una estrategia activa en ese sentido para desmontar gobiernos y alianzas que impliquen un obstáculo a esos fines. Si ese es el camino que elige Obama, su política no se diferenciaría tanto de la de George Bush
Ayer fue amenazada de muerte la presidenta de la Nación. Las amenazas proceden de sectores castrenses cegados por el odio ante la política de derechos humanos del gobierno nacional, en el día del juicio a la patota de la ESMA de Astiz y compañía. La corporación de medios de comunicación concentrados se ha mostrado poco reactiva ante el episodio. Será que no les molesta, o que es mucho más grave un asalto en Balvanera que una amenaza militar de asesinato. Al fin y al cabo a esto se acostumbraron fácilmente en el pasado, por qué no hacerlo ahora. La actitud de silencio de los medios no merece otro calificativo que cómplice. Están dejando en claro que si ocurriera, ellos al menos serían indulgentes, y probablemente darían una manito para terminar una vez más con la democracia. Ni se les ocurra.
Si la insólita entrega del premio Nóbel de la Paz de Barack Obama necesitaba una pizca más de bochorno, el propio presidente de la nación que cuenta con el aparato militar más poderoso del mundo y la que aun hoy lleva adelante una guerra brutal en Afganistán, se encargó de agregarlo: “La guerra a veces es necesaria y moralmente justificada”. Frase contundente y sin dobles interpretaciones posibles. Misilazo verbal contra la paz, la vilipendiada memoria de Alfred Nóbel y el estómago de los hombre de bien de esta tierra. Acaso tan solo estemos escuchando la voz de la multimillonaria industria armamentística norteamericana, enunciada públicamente por su delegado ante el mundo: un presidente yanqui igual que todos pero en versión afro. El imperio es belicoso por definición. El cártel armamentístico le debe haber recordado a Obama la inutilidad de imposturas pacifistas y el riesgo que tal posición implicaría para la nación de la businesscracy. La primera parte de la sentencia sería entendible – y hasta compartible- si viniera de boca del jerarca de una nación invadida. La guerra puede estar justificada en un país agredido, cuando está comprometida la vida de sus habitantes, su dignidad, su patrimonio y su futuro. No creo que haya que aclarar que ese no es el caso de los Estados Unidos, nación que a lo largo del siglo 20 ha participado directa o indirectamente de todos los conflictos bélicos del mundo, sin que ninguno tuviera lugar en territorio norteamericano. Lo más cercano a una agresión sobre tierra yanqui, es un bombardeo a una isla ubicada a miles de kilómetros de la costa oeste de los EEUU, poblada originariamente por una mayoría polinesia que fue siendo diezmada en nombre del poder imperial. La justificación moral supone la existencia de un desconocido moralimeter, que el poder imperial detenta, con el cual, en nombre de Dios o del progreso o del Mercado o de la bastardeada democracia, Estados Unidos puede decidir que es correcto masacrar civiles, destruir naciones, condenarlas al oprobio y a la esclavitud, y más tarde abandonarlas, cuando ya no sea “moralmente justificable” en términos de rentabilidad. Obama ha tenido tino en asumirse como un inmerecido ganador de tal galardón. Lo correcto hubiese sido que el presidente que encabeza la agresión imperialista más importante del presente, hubiese rechazado la distinción. Tendríamos águilas guerreras no menos deleznables, pero al menos sinceras. La comparación con Mandela, Pérez Esquivel o Rigoberta Menchu, por citar algunos antiguos ganadores del premio, convierte la grosería en canallada.
La cuestión ambiental parece no ser parte del ADN del militante nacional y popular. Tal vez porque se sospecha que detrás de tal preocupación se mueven hilos de intereses espurios, que pretenden condicionar el desarrollo de los países subdesarrollados. Tal vez porque se lo asume como un snobismo propio de los países centrales, que no teniendo de que ocuparse, despliegan un drama de paisajistas deprimidos ante la inminente extinción de los osos o la desaparición de las “lovely rain forests”. Tal vez porque algunos de nuestros abrevaderos teóricos están un poco vetustos, y la novedad ambientalista no se encuentra en Cooke ni en Hernández Arregui.Y puede ser que todo esto sea cierto, pero aun así no alcanza: no se puede negar o minimizar una problemática que afecta al mundo entero, condena al hambre y a la miseria a millones y significa una de las estupideces más dolorosas e irremediables que haya perpetrado el hombre.
Detrás de la causa ambientalista, hay una excusa perfecta para ser antiimperialista, o en todo caso para remarcar el costado más inicuo de la situación actual: la amplia mayoría de las emisiones contaminantes y de efecto invernadero, provienen de los países centrales (Europa, Canadá y, sobre todo, Estados Unidos). La mayor parte de los recursos no renovables que se consumen en el mundo alimentan las fastuosas vidas de un mundo central velado a los miserables habitantes de la periferia, a fuerza de muros, balas y leyes racistas. Y las consecuencias de este derroche nefasto de la sociedad de consumo –excluyente en su festín, incluyente en su descalabro- se pagan en todo el mundo. Y el precio no es el mismo: algo me dice que un centro de esqui sin nieve en Suiza no es tan grave como una cosecha perdida en el Africa Subsahariana, que una inundación en Nueva Orleans tiene menos consecuencias que en Haití.
El asunto podría resumirse así: mientras el estilo “occidental” e individualista de vida se desarrolla, muestra cada vez más su cara selectiva y expulsora, pero socializa sus miserias y las consecuencias de su descontrol absoluto. Ojo: también los países menos desarrollados tienen sus islitas de desarrollo interno (clases acomodadas) que consumen – es decir: destruyen- por lo que no consumen millones de excluidos. Por suerte en el mundo hay pobres que alivian nuestra conciencia sumándose a la estadística para morigerar el escandaloso promedio de consumo y contaminación per capita.
Pequeña digresión: los países sub-desarrollados deberíamos ir asumiendo el significado de tal calificativo: ¿podemos seguir corriendo tras la zanahoria de un desarrollo al estilo clásico del capitalismo yanqui y europeo? Parece que el planeta no anda con ganas de soportarlo.
Volviendo a Copenhague: allí están reunidos los que tienen que tomar el toro por las astas y salvarnos/se del desastre. Nadie les rogará que terminen con la jodita destructiva, terminará siendo una imposición del hombre excluido y de la naturaleza herida. Esperemos que no se aviven demasiado tarde.
Dos son las grandes noticias que llegan desde Bolivia: la más obvia, el triunfo arrasador de Evo, con casi 2/3 de aprobación. Pero la más importante, el triunfo en el departamento de Tarija, que era considerado un bastión de la resistencia secesionista. De hecho, la famosa "media luna" opositora estaba compuesta por Beni, Pando, Santa Cruz y Tarija. Y tanto el Beni y como Pando, son departamentos poco populosos, de escaso peso a nivel nacional. El triunfo de Evo en Tarija debe caer como una bomba en Santa Cruz, pues le resta su aliado más importante en la lucha contrarrevolucionaria.
El resultado no debe sorprender: Tarija no es ni por asomo parecido a Santa Cruz, ciudad de la elite Boliviana y sumidero de la riqueza del pueblo Boliviano. Tarija se parece más a Cochabamba que a Santa Cruz, y la capacidad de maniobra de la contra ha quedado debilitada de cara al fututo.
Tal vez sirva para entender, estas declaraciones del ministro de Gobierno Boliviano, Alfredo Rada, acerca de los eventos políticos recientes en Bolivia: "La derecha extrema trató de usar la autonomía para dividir al país. Creo que esa es una de las claves para entender la derrota de la derecha y la ultraderecha en Boliva: no supo entender que la autonomía es una demanda democrática, no una demanda secesionista”. Nada más que agregar. Se va terminando la mentira de una Bolivia dividida y polarizada.
"Los anuncios escatológicos de Elisa María Carrió son tomados cada vez menos en serio, por la desmesura de sus deseos y por su dificultad para distinguirlos de la realidad. Sin embargo, con su remanente aptitud comunicacional abre el espacio para que otros actores políticos y sociales relajen el autocontrol y se permitan afirmaciones que, sin ese marco de referencia, pondrían en duda su equilibrio mental."
Por un lado, un oportunismo de oídos alertas y voluntad presta para el zafarrancho. Vox Populi, Vox Dei, declaran: el pueblo pide sangre, cueste lo que cueste. No importa el probable futuro de fracaso para la política de mano dura, porque en realidad no importa solucionar el problema de la violencia en la Argentina. Solo interesa mostrarse reactivo, persuadido y escandalizado, simulando acompañar el dolor y, sobre todo, la furia desbocada de los que piden la ley del Talión en la enunciación novedosa y menos metafórica de que “el que mata, tiene que morir”. El rol favorito de Scioli: el hombre de acción que con gesto adusto avanza sobre los “problemas de la gente”, y de paso esconde sus debilidades políticas y disimula su pobreza intelectual. Para más adelante quedará la solución, si es que algún día llega. Lo importante ahora es impostar preocupación y ocuparse a los cachetazos del asunto acuciante, que no es la violencia delictiva, si no el reclamo legítimo pero extremadamente fogoneado por los oportunistas que han encontrado en el delito la cuña de horadación, ya no del proceso político en curso, si no la totalidad del estado de derecho, reclamando venganza en lugar de garantías constitucionales, equiparando intencionadamente derechos humanos con impunidad.
Por otro lado, el renacer de un discurso inveterado. El enemigo interno, la barbarie disolvente, el ser ajeno a la sociedad, parcializado, demonizado, excluido en el discurso: “los salvajes”, “los delincuentes”. Son un bando aparte, no el emergente de una sociedad injusta y excluyente, si no los demonios de ficción que tienen el mal como consigna genética, sin raigambre histórica que los explique ni justificación que los comprenda. Sospechosos, vagos, negros, piqueteros, conurbano, drogados, paco: todo junto en una bolsa para gestar el nuevo enemigo de la Patria. Ellos o nosotros. Lo que antes fue el indio o el gaucho bárbaro, luego el inmigrante, después del 45 el cabecita negra peronista y en los 70 el marxista apátrida. Figuritas estereotipadas a gusto de la vocación exterminadora de quienes siempre encuentra la misma solución: esterilizar, arrasar, borrar, extirpar el tumor (que siempre recidiva). Los brujos vuelven. Siempre vuelven, pero nunca sin que los llamen. Sería sutileza decir que son ellos mismos los que agitan las primeras olas que terminan luego en un clamor final por la redención violenta. Ya están los referentes de la cruzada contra el mal delictivo. Tenemos los figurones públicos alentando la solución final y tenemos el reclamo inorgánico y caótico de una sociedad confundida y atemorizada ante el bombardeo mediático y ante los hechos en si mismos, que no pueden ser negados, pero que podrían ser debidamente ponderados. A ese fermento se le agregan los referentes dispuestos a encausar esa furia en pos de sus intereses y ambiciones de poder. De la mano van allí la Iglesia, los políticos del establishment, las corporaciones angurrientas de ganancia y sus voceros mediáticos. Algo en todo esto me resulta parecido a otros tiempos que antecedieron a las grandes tragedias sociales de nuestro país.