Sobre las críticas de cierta intelectualidad republicana a los “Populismos Latinoamericanos”:
“El prejuicio inicial es que una experiencia que quiebre la inercia y a veces el vaciamiento de ciertas instituciones de moldes democráticos por demás desacreditados y estériles, que una política que no logre el acuerdo “de todos” los actores socioeconómicos enfrentados en una suerte de pacto incólume, está conspirando antidemocráticamente. Por lo tanto, se desaprueba la idea – en ese razonamiento- de que los intereses y conflictos se piensen en términos que no respondan a una lógica de mesa de consenso sino de conquista de justicia. Es decir, la ley republicana impone que se resuelvan sólo desde tratamientos retóricos entre fuerzas no equivalentes donde reiteradamente no se resuelve nada. Se desaprueba, por lo tanto, una intervención de algún poder social que resuelva una política, o del Estado democrático institucional cuando es destituyentes de un statu quo de profunda injusticia. Y también se desacredita el avance de otras formas de participación social enriquecedoras de la lucha política democrática, en cuanto representación popular. Esto es, se reprueba por populista la renovación de lo democrático desde un proyecto de cambio de correlaciones de fuerza y de formas del Estado que reformen realmente el molde de una democracia esclerotizada.”
“(Se) …considera negativamente […] las instancias que más generan política, movilización y debate en las bases y distintos sectores sociales, pero a partir de lo más decisivo y ausente en los modelos políticos de la simple “democracia de mercado”: desde la irrupción finalmente de la voluntad de actuar, de gestar política, de inventar política desde un Estado democrático dinamizador y desde las formas de organización diversificadas en la sociedad. Dicho de otra forma: desde aquello que implique la posibilidad de cambios ciertos desde determinados intereses democratizadores contra otros intereses.”
“Sin duda […] se ensancha en Occidente una democracia despolitizadota, pasiva, cualunquista, pero precisamente alimentada por las democracias del puro formalismo, el normativismo a ultranza, sin nada que plantear con respecto a la reformulación de una sociedad históricamente sitiada por los miedos. Sociedades del simple voto como exclusiva “jornada de la política” de masas, del esloganismo de construir un “futuro en común” para todos, que posterga la justicia social e impide toda modificación para que se consume ese “para todos” en la disputa de las cosas. Democracias que juegan siempre desde correlaciones de fuerza muy favorables para imponer horizontes culturales de adecuación a las tiranías exacerbadas del capitalismo actual”
“La diferencia […] entre economía de mercado y sociedad de mercado es una línea de distinción ilusoria, inexistente, por cuanto hoy el mercado construye la única democracia no solo visible y constitutiva del ciudadano, sino valorizable y defendible, producto de innumerables ofertas de sentido común, hiperreglismos y los denominados comportamientos correctos y funcionales a un tiempo productivo.”
Nicolás Casullo, “Las cuestiones”, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007.
Pág. 182-183








