
Este ensayo político – según su autor “páginas que robaron tiempo a otras labores de su pluma” – es uno de los pocos testimonios escritos de “peronismo” que Marechal dejó. Incompleto, posiblemente destinado a un desarrollo más amplio que la urgencia por la literatura trascendental y la búsqueda de las claves metafísicas del hombre y La Patria impidieron, el texto recorre con el inconfundible estilo grave, profundo, original y a la vez irónico de su autor, los avatares del peronismo desde una amplia visión histórica, en donde se entiende que para Marechal el peronismo fue el gran hecho político del siglo XX y que se trató de un movimiento entroncado con las grandes luchas populares del siglo XIX, en particular con el Rosismo y su enconada batalla por la defensa de la soberanía nacional contra las elites amantes de lo foráneo.
Es imposible escoger todos los pasajes significativos; sería estúpido ejecutar una transcripción completa. Aquí brindo algunos párrafos y extractos que me resultaron fantásticos. Hay otros igualmente valiosos, mi capricho y mi vagancia me impiden transcribirlos. Espero que lo disfruten y recomiendo fervientemente su lectura: forma parte del “Cuaderno de Navegación”, Seix Barral (2008).
“Los pueblos, en su íntima “substancialidad”, han encarnado siempre y encarnarán en un hombre el Poder abstracto que ha de redimirlos, ya sea un monarca, un presidente o un líder. Si bien se mira, todas las gestas de la historia se han resuelto por un caudillo “esencial” que obra sobre un pueblo “substancial”, así como la “forma” (en el sentido aristotélico) actúa sobre la “materia”.”
“Llegamos así al justicialismo, esbozado como doctrina revolucionaria desde 1943 a 1945 por un Líder cuyo nombre también fue silenciado por decreto. La revolución justicialista se nos presentaba como una “síntesis en acto” de las viejas aspiraciones nacionales tantas veces frustradas; y lo hacía enarbolando tres banderas igualmente caras a los argentinos: la soberanía de la Nación, su independencia económica y su justicia social.”
“No es extraño, pues, que el 17 de octubre de 1945 se diera la única revolución verdaderamente “popular” que registra nuestra historia, y que se diera en una expresión de masas reunidas, no por el sentimentalismo ni por el resentimiento, sino por una conciencia doctrinaria que les dio unidad y fuerza creativa”
“La mayor parte de las apreciaciones negativas que se han formulado y se formulan acerca del gobierno del justicialismo se basan en un punto de vista erróneo que hace imposible la intelección del caso. El error consiste, a mi juicio, en considerar su accesis al poder, en modo simplista, como el triunfo de un “partido político” habitual, alcanzado en elecciones y circunstancias habituales, cuando lo que triunfa entonces y accede al poder es nada menos que una “revolución doctrinal” encarnada en una mayoría de pueblo que ni siquiera se había organizado aún en “partido”. Lo que tal vez induzca en error a esa crítica es el hecho “despistante” de que una revolución integral, como la justicialista, llegase al poder, no según las vías históricas del asalto y la violencia, sino por las muy amables de la democracia y en la elección más inobjetable que se haya dado en nuestro sistema representativo. Es una primera marca de “benignidad” cuyo significado me reservaré por ahora. Claro está que por ser “multitudinaria”, esa revolución asume la mayoría de los gobiernos nacionales, provinciales y municipales; y no lo está menos que, por ser “doctrinal”, esa revolución induce a sus gobernantes cierta “unanimidad” de pensamiento y de acción, que surge de la doctrina misma y no de la obsecuencia general frente a un dictador, según el esquema idiota que suele aplicar el cine yanqui a las revoluciones latinoamericanas. Pero, naturalmente, la unanimidad a que me referí, ejercitada por una mayoría en obra, confiere al conjunto el carácter de una “dictadura”. Y eso hace chillar a la “minoría” que no puede o no sabe o no quiere admitir el hecho revolucionario.”
Ahora bien, como todo proceso vital, una revolución auténtica necesita defenderse de sus agresores; y como todo proceso ideológico, necesita los recursos expansivos del adoctrinamiento, capaces de ganar al adversario y al indiferente. Uno y otro aspectos, el de la defensa y el de la propaganda, suelen dar en abusos de color “tiránico”; y será interesante analizar cómo se desempeñó el justicialismo en ambas asignaturas. Defendiendo su realización en marcha y en el uso de un “derecho revolucionario” que no se le discute a ninguna revolución auténtica, el justicialismo se limitó a restringir algunas libertades individuales frente a las tentativas de contrarrevolución que se dieron casi desde su principio, o en menoscabo del “derecho de pataleo” que recababa una minoría de políticos fuera de uso y de intelectuales que sólo se jugaron al fin en la intimidad segura de sus casas o en “autodestierros” grises, donde alcanzaron la palma de un martirio incruento que más tarde les daría fáciles rentas. Nuevamente, y contra las prácticas históricas de los paredones de fusilamiento, la revolución justicialista presentó una “marca de benignidad” que dejó en pie a todos sus enemigos. No procedió así la contrarrevolución de 1955, ya que usó el fusilamiento en su instrumental represivo, la violencia legalizada y por último la muerte civil de una mayoría social entera
“A mi entender se logró en esos años, por adoctrinamiento, la consolidación de una conciencia nacional y social, o como ya dije, la transmutación de una masa numérica en un pueblo esencializado, lo cual, en adelante y hasta hoy, haría ridícula la pretensión de “educar al soberano” que siguen exhibiendo los políticos en quiebra electoral.”
“En puridad de verdad, el gobierno justicialista no entró en conflicto con la Iglesia, sino con algunas jerarquías eclesiásticas argentinas que se le opusieron tardíamente, después de haber logrado de él la reimplantación legal de la enseñanza religiosa en las escuelas y todos los medios operativos tendientes a ponerla en obra (...) Jugaron a favor de las minorías nacionales e internacionales que buscaban el fin del justicialismo. Y nos fue dado ver, en la ya histórica procesión del Corpus, marchar detrás de la cruz a marxistas públicos, ateos de solemnidad, católicos liberales que desdibujaban a su Dios y literatos que nunca lo conocieron (...) Nos quedó, empero, un saldo irónico: bajo la sotana del clero argentino (y no de la Iglesia Católica) se preparó el aniquilamiento de la única revolución político-social que se haya inspirado hasta hoy en el mandato crístico de las encíclicas papales”
“Pero algo desentonaba en el conjunto: fue una minoría que vio esas novedades primero con orgulloso desdén, más adelante con inquietud y al fin con un temor que linda hoy con el pánico. Es lo que se designó más tarde con el nombre de “oligarquía” y en la cual el justicialismo vio a su antagonista nato desde las primeras escaramuzas.”
“ El diccionario defina así a una oligarquía: “Gobierno de pocos, y es cuando algunos poderosos se aúnan para que todos los negocios dependan de su arbitrio”. Fácil es advertir hasta que punto esa definición conviene a la minoría “dirigente” que gobernó al país desde la llamada “reconstrucción nacional”; o desde Caseros, batalla que da fin a la primera manifestación realmente popular que registra nuestra historia.”