Si la insólita entrega del premio Nóbel de la Paz de Barack Obama necesitaba una pizca más de bochorno, el propio presidente de la nación que cuenta con el aparato militar más poderoso del mundo y la que aun hoy lleva adelante una guerra brutal en Afganistán, se encargó de agregarlo: “La guerra a veces es necesaria y moralmente justificada”. Frase contundente y sin dobles interpretaciones posibles. Misilazo verbal contra la paz, la vilipendiada memoria de Alfred Nóbel y el estómago de los hombre de bien de esta tierra.Acaso tan solo estemos escuchando la voz de la multimillonaria industria armamentística norteamericana, enunciada públicamente por su delegado ante el mundo: un presidente yanqui igual que todos pero en versión afro. El imperio es belicoso por definición. El cártel armamentístico le debe haber recordado a Obama la inutilidad de imposturas pacifistas y el riesgo que tal posición implicaría para la nación de la businesscracy.
La primera parte de la sentencia sería entendible – y hasta compartible- si viniera de boca del jerarca de una nación invadida. La guerra puede estar justificada en un país agredido, cuando está comprometida la vida de sus habitantes, su dignidad, su patrimonio y su futuro. No creo que haya que aclarar que ese no es el caso de los Estados Unidos, nación que a lo largo del siglo 20 ha participado directa o indirectamente de todos los conflictos bélicos del mundo, sin que ninguno tuviera lugar en territorio norteamericano. Lo más cercano a una agresión sobre tierra yanqui, es un bombardeo a una isla ubicada a miles de kilómetros de la costa oeste de los EEUU, poblada originariamente por una mayoría polinesia que fue siendo diezmada en nombre del poder imperial.
La justificación moral supone la existencia de un desconocido moralimeter, que el poder imperial detenta, con el cual, en nombre de Dios o del progreso o del Mercado o de la bastardeada democracia, Estados Unidos puede decidir que es correcto masacrar civiles, destruir naciones, condenarlas al oprobio y a la esclavitud, y más tarde abandonarlas, cuando ya no sea “moralmente justificable” en términos de rentabilidad.
Obama ha tenido tino en asumirse como un inmerecido ganador de tal galardón. Lo correcto hubiese sido que el presidente que encabeza la agresión imperialista más importante del presente, hubiese rechazado la distinción. Tendríamos águilas guerreras no menos deleznables, pero al menos sinceras. La comparación con Mandela, Pérez Esquivel o Rigoberta Menchu, por citar algunos antiguos ganadores del premio, convierte la grosería en canallada.

1 comentan por ahí:
negro:
muy bueno el post
pero un solo detalle: la memoria del inventor de la dinamita no creo que este muy vilipendiada por darle el premio al jefe del imperio
saludos
burns
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