
Hace poco más de un año, de la mano de la arremetida de las patronales agropecuarias, empezaba a cuajar la gran alianza antigubernamental que, aun sudando su impotencia electoral de octubre de 2007, proponía confrontar, impedir y detener, con la vaga esperanza de consolidar una alternativa al proceso de cambio encarnado por el kirchnerismo. Los grandes monopolios de la comunicación se encaramaban en la movida y multiplicaban sus esfuerzos desestabilizadores, echando mano a recursos siempre vergonzosos y haciendo cuantioso uso de la prepotencia que les otorga el manejo absoluto de la gran mayoría de los espacios de comunicación masiva. La clase media urbana, en pleno olvido de sus pasadas desventuras noventistas y haciendo gala de su soberbia ignorancia política, compraba el discurso y representaba la comedia cacerolera, en nombre de sus siempre latentes aspiraciones aristocráticas, saliendo a la defensa de “el campo” expoliado por la maquinaria confiscatoria de la dictadura K. Todo esto transcurría en los días en que la atomizada oposición política se oteaba el culo en círculos confundidos, tratando de encontrar un flanco para golpear al gobierno más exitoso de la última era democrática. Sin argumentos que oponer, los opositores no vieron otra alternativa que tratar de colarse –en algunos casos, aun a costa de traicionar sus débiles convicciones pseudoprogresistas- en esta ofensiva restauradora, y tomaron el discurso prefabricado del inveterado neoliberalismo, tratando de mostrar la novedad del laissez faire y reflotando fantasmas siempre efectivos para alterar el sueño de la clase media gorila: “el clientelismo”, “la mafia sindical”, “los intendentes del conurbano”, “los piqueteros violentos”, así como la consabida cantinela de la corrupción, los malos modos, la soberbia y otras faunas repetidas del medio pelismo secular. El progresismo timorato que había acompañado los años de bonanza del oficialismo prefirió retornar a su natural espacio de observador intrascendente y fuerza testimonial, desertando de sus esperanzas siempre volubles de construcción política seria y disputa de poder.
Hoy, de cara a unas elecciones que definen mucho más que la composición del futuro poder legislativo, las opciones son: magnates aburridos dispuestos a invertir su fortuna en campañas mediáticas y posicionamientos televisivos, afanosos por convocar al duhaldismo residual y al veletismo pejotista; radicales a la vuelta de su periplo fantasmal, abrevando nuevamente en el centenario partido conservador y rancio; fuerzas minoritarias que en la gran sinfónica de la política tocan el triángulo, o el proyecto y modelo más exitoso y que más ha hecho por la justicia social, el desarrollo económico, la integración regional y el fin de la impunidad militar después del ciclo de Perón: el kirchnerismo. A esto habría que agregar las fuerzas del peronismo que aspiran a desbancar al líder santacruceño y buscan capitalizar las esperanzas de clases medias y sectores rurales a los que dirigen todas sus energías de campaña, intentando despegarse del proyecto nacional. En todo caso, no son más que usufructuarios del miedo y la confusión, desconociendo el extraordinario crecimiento que sus provincias han tenido mientras funcionaron acompasadamente con el proyecto nacional.
Las opciones están claras. Mi decisión también: a los noventa no se vuelve sin dar batalla. A la recomposición neoliberal no se la digiere, se la vomita. Al argumento falaz y tramposo del poder mediático y las corporaciones se lo agarra a patadas. Al menos así lo entienden muchos compañeros, entre los que me cuento, dispuestos a rebatir cada día la mentira que propalan los gorilones de siempre.
Hoy, de cara a unas elecciones que definen mucho más que la composición del futuro poder legislativo, las opciones son: magnates aburridos dispuestos a invertir su fortuna en campañas mediáticas y posicionamientos televisivos, afanosos por convocar al duhaldismo residual y al veletismo pejotista; radicales a la vuelta de su periplo fantasmal, abrevando nuevamente en el centenario partido conservador y rancio; fuerzas minoritarias que en la gran sinfónica de la política tocan el triángulo, o el proyecto y modelo más exitoso y que más ha hecho por la justicia social, el desarrollo económico, la integración regional y el fin de la impunidad militar después del ciclo de Perón: el kirchnerismo. A esto habría que agregar las fuerzas del peronismo que aspiran a desbancar al líder santacruceño y buscan capitalizar las esperanzas de clases medias y sectores rurales a los que dirigen todas sus energías de campaña, intentando despegarse del proyecto nacional. En todo caso, no son más que usufructuarios del miedo y la confusión, desconociendo el extraordinario crecimiento que sus provincias han tenido mientras funcionaron acompasadamente con el proyecto nacional.
Las opciones están claras. Mi decisión también: a los noventa no se vuelve sin dar batalla. A la recomposición neoliberal no se la digiere, se la vomita. Al argumento falaz y tramposo del poder mediático y las corporaciones se lo agarra a patadas. Al menos así lo entienden muchos compañeros, entre los que me cuento, dispuestos a rebatir cada día la mentira que propalan los gorilones de siempre.

2 comentan por ahí:
No te hagás el cancherito que el triángulo no es tan fácil de tocar.
Tocar el triángulo es típico de actos escolares, es la lógica del arquero de picadito llevada a la escuela (y otras más).
El que la mueve es SILO del partido humanista.
Nano: Tranqui que el 28/J les pasamos el trapo al Partido de los Medios y al stablishment que mueve los piolines de estos chirolitas con micrófono.
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