sábado 28 de febrero de 2009

En la cancha se ven los pingos - Ricardo Forster

Una nota del mes de Enero, que me pareció interesante para este fin de semana. Tomado de www.carasycaretas.org

Con la llegada del tan mentado y esperado año electoral, el Gobierno y la oposición se juegan sus chances con miras a 2011 con la vista puesta en la crisis internacional.

Se abre un año electoral, pero no cualquier año electoral en el que se renuevan algunos mandatos de legisladores; se abre, por el contrario, un año complejo e intenso en el que seguramente se van a dirimir los próximos tiempos argentinos. Seremos atravesados de lado a lado por las asperezas políticas, por denuncias de todo tipo ya adelantadas por los exabruptos destituyentes de Lilita Carrió, por el terrorismo verbal de los economistas del establishment que seguirán anunciando sus profecías autocumplidas, aquellas que buscarán horadar la estabilidad para debilitar todavía más al Gobierno y que serán multiplicadas, como siempre, por gran parte de la corporación mediática, pero también seguramente veremos a un Poder Ejecutivo en plena actividad, casi maníaca, tratando de campear el temporal de la crisis internacional y de sus coletazos por estas geografías de un mundo que ya no deja nada intocado, en especial cuando se trata de penurias y desaguisados del sacrosanto mercado capitalista. Será un año de duelos verbales, de polémicas y de debates en torno a proyectos disímiles en los que se pondrá en discusión el pasado, el presente y el futuro de los argentinos. Habrá, entonces, que estar preparados para tanto ajetreo, para los continuos movimientos sísmicos que sacudirán nuestro suelo.
Pero también será un año en el que con crudeza se volverá a dar la puja por la distribución del ingreso allí donde los sectores más concentrados y hegemónicos del poder económico intentarán aprovechar la crisis para recortar el proceso de recuperación del salario que se había venido dando en los últimos tiempos; recuperación que va más allá del simple dato anecdótico para instalarse de lleno en el litigio por la renta en una sociedad que a lo largo de los 30 años finales del siglo pasado había visto de qué modo los asalariados fueron perdiendo cada vez más mientras la riqueza se fue concentrando en cada vez menos manos. Será un conflicto no sólo por el empleo, por mantener las fuentes de trabajo (ese será el interés especulativo de los empresarios que querrán que todo se dirima en ese terreno, el que hace de la fragilidad del trabajo un mecanismo para controlar y reducir en última instancia los salarios), sino también debería ser un conflicto alrededor de lo que se discutió con fuerza e intempestivamente en 2008: la cuestión de la renta y de su distribución.

Cultura del trabajo

Por eso el debate girará, o debería hacerlo, en torno no sólo al mantenimiento de las fuentes de trabajo (cuestión crucial) sino de aquello que tiene directa relación con el poder adquisitivo de los salarios y de su vínculo con el mercado interno. Una querella que viene de lejos en nuestro país y que el año que acaba de cerrarse no hizo más que potenciar. En ese momento fue la disputa por la renta agropecuaria extraordinaria, hoy, en una coyuntura más frágil y problemática atravesada por la crisis mundial, se tratará de negociar con otros sectores de la economía y de la producción, aquellos que durante gran parte del mandato de Néstor Kirchner y ahora de Cristina Fernández han sido sus aliados. Se discutirá con los sectores industriales y con los de servicios, se pondrá sobre la mesa el tema salarial, el consumo, lo conquistado hasta ahora o, mejor dicho, lo incipientemente recuperado por parte de los trabajadores después de décadas de flexibilización y de pérdida del poder adquisitivo. Alrededor de esta puja se expresarán las intenciones del Gobierno, se verá hasta dónde está dispuesto a continuar con sus políticas económicas o hasta qué punto la lógica del poder de las corporaciones logrará imponer sus condiciones. También veremos si los giros neokeynesianos logran airear los malsanos vientos de la crisis mundial o se quedan en anuncios deshilachados.
Un año en el que los lenguajes de la política se entramarán con los de la economía allí donde la inestabilidad de los mercados mundiales tendrá, nos guste o no, un impacto directo sobre nuestra realidad cotidiana, impacto que será multiplicado por el amarillismo de los medios de comunicación, o al menos de aquellos que han jugado y lo siguen haciendo, su propio partido en directo enfrentamiento con el gobierno nacional. Tal vez por eso será decisiva la puja alrededor de la siempre postergada nueva Ley de Radiodifusión, punto central de un conflicto no resuelto que se vio potenciado por el papel que los grupos más poderosos y concentrados del espectro mediático jugaron durante todo el conflicto entre los dueños de la tierra y el Gobierno. En un año electoral clave el papel de los medios será exponencialmente más significativo, de ahí la importancia de la apertura de un debate serio sobre una ley que logre regular las prácticas monopólicas que dominan los medios de comunicación en nuestro país. Será, si finalmente se da, una batalla muy dura; si no es postergada, como en otras ocasiones, gracias a las presiones y a los chantajes de la corporación mediática (la única, prácticamente, que nunca se hizo cargo de sus actividades cómplices durante la época de la dictadura militar).
La pregunta que queda por formular es sí la política logrará encantar, de algún modo, a una sociedad que suele sustraerse a esas demandas de una práctica que entre nosotros no termina de recuperar su legitimidad. Por el lado del kirchnerismo aparece el desafío de revertir una fuerte caída de su predicamento, caída vinculada no sólo a sus desaciertos, que no han sido pocos (aunque también no puedo dejar de señalar que los ataques que ha recibido con mayor intensidad el último año se han debido más a sus aciertos o a la intención de profundizar en materia redistributiva que a sus errores de cálculo político o a las limitaciones en su propio proyecto) sino, tal vez, a su incapacidad para suscitar entusiasmo, para fijar las coordenadas de un modelo de país que sea capaz de habilitar lenguajes surcados por el ideal o incluso por la utopía. Al kirchnerismo, y sin duda esto se ha profundizado durante el mandato de Cristina Fernández, le ha faltado capacidad de interpelación tanto a los sectores populares como a las clases medias; no ha encontrado el tono, la manera de conmover a una sociedad que sospecha de todo y de todos y que fundamentalmente ha reducido, en su imaginario, toda acción gubernamental a la lógica de la impostura o de la manipulación ligada con la caja negra en que, según esta visión, se ha convertido el Estado.
Sobre esta sospecha se levantó y se levantará la acción destemplada de una oposición que apostará a la catástrofe social y económica; de una oposición que se ocupa y se ocupará pacientemente de eludir cualquier propuesta efectiva, cualquier señalamiento que oriente el destino de su modelo de país para situarse, casi exclusivamente, en la lógica de la emboscadura, aquella que hace de la sospecha y de la denuncia su centro neurálgico profundizando ese espontáneo gesto antipolítico de vastos sectores de nuestra sociedad. Una oposición que sigue sacándole renta a la lógica denuncista que nos atravesó durante todo el menemismo; que ha transformado el debate de ideas en un pleito judicial sin ofrecer ninguna propuesta, más o menos seria, de qué haría de llegar al poder. Sospecho que detrás de los reclamos de una patria agroexportadora se encolumna, aunque no lo diga, gran parte de la oposición. La otra parte de la oposición, la que se define como progresista, cree, con ilusiones dignas de mejor causa, que podrá ocupar el lugar del kirchnerismo si este es desplazado, sin darse cuenta, o eso al menos parece, que lo que nos espera, si eso acontece, es una restauración conservadora. Un año, entonces, que cruzará lo político con lo económico, lo cultural con lo mediático, lo social lo electoral hasta niveles cuya intensidad estaremos todavía por ver.
Un año que no será sencillo ni sereno, pero que no por eso deberá ser vivido como dramático y anunciador de la catástrofe. Será, mejor leerlo así, un año de fuertes debates políticos en los que también nos iremos acercando al Bicentenario y a sus significaciones; en el que nuevamente deberemos debatir el país, sus itinerarios futuros, los proyectos en pugna, el hacia dónde y el cómo. Hacia allí vamos.

Ricardo Forster